Editorial

La vacuna española

Aunque los proyectos más prometedores lleven un año de retraso, aún se pueden convertir en recursos útiles cuando se requieran nuevas generaciones

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El virólogo Luis Enjuanes, en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC. 

El virólogo Luis Enjuanes, en el Centro Nacional de Biotecnología del CSIC.  / CNB-CSIC / Susana de Lucas

Hace un año entraban en la fase de pruebas clínicas las vacunas que en los últimos meses han llegado a millones de personas de todo el mundo con un volumen suficiente para doblegar la pandemia en los países que han conseguido asegurar su compra. No han superado aún aquella fase la práctica totalidad de los prototipos desarrollados por centros de investigación y empresas farmacéuticas españolas, a pesar de que una docena de ellas prometan resultados altamente esperanzadores. Podríamos decir perfectamente que en esta materia llevamos un año de retraso respecto a los proyectos punteros (pero también respecto a un centenar más de propuestas que en todo el mundo ya están en plena fase de ensayos clínicos).

 Cuando se plantea la necesidad de elevar el nivel de la transferencia tecnológica en el sistema de investigación español, lo que de momento está sucediendo con la búsqueda de modelos de vacuna contra el covid-19 diseñados en España ejemplifica perfectamente la situación en la que nos encontramos. España dispone en las más diversas áreas de 150.000 investigadores, bien formados, con experiencia y contactos internacionales y con capacidad de innovación. Sin embargo, demasiadas veces su trabajo no supera el llamado valle de la muerte en el que la mayor parte de proyectos correctamente planteados en laboratorio quedan varados sin conseguir plasmarse en soluciones aplicables y viables comercialmente.

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La anemia de recursos que asfixia a todo el sistema de ciencia en España desde que los recortes no revertidos golpearon un tejido que aún estaba pugnando por acercarse a los estándares del resto de economías desarrolladas se ha hecho sentir en este año. Con todo, ante lo excepcional de la situación, jóvenes investigadores que saben que dentro de unos meses pueden volver a quedar en la intemperie, equipos que han seguido avanzando en sus trabajos incluso una vez agotada la financiación recibida, científicos jubilados que han vuelto a los laboratorios, han dado lo mejor de sí mismos: hoy damos cuenta de los 12 proyectos que tienen un horizonte prometedor nacidos en universidades, hospitales, centros de investigación y empresas españolas.

Sin embargo, pese a todas estas estrecheces que han afectado a estas iniciativas en su fase de desarrollo, el verdadero muro se encuentra en la etapa que requiere de una inversión ingente (hasta más de 2.000 millones de euros): las pruebas clínicas que en sus fases finales han de movilizar a decenas de miles de voluntarios. Es una operación de tal magnitud que hasta ahora prácticamente solo se han podido permitir grandes corporaciones farmacéuticas, a menudo en alianza con laboratorios independientes como el caso de Pfizer, o grandes instituciones científicas estatales, descartando alternativas y concentrando sus esfuerzos en las más prometedoras. La atomización de esfuerzos que a menudo también caracteriza el sistema de ciencia español no facilita precisamente empresas de este calibre. Y deberá ser uno de los factores a revisar. Porque que España lleve un año de retraso no quiere decir que haya quedado fuera de la carrera. Deberán surgir nuevas versiones de la vacuna quizá para hacer frente a nuevas variantes, quizá para sostener la inmunidad en el tiempo. Y los avances realizados deberían servir ante futuras amenazas y para dar un paso adelante frente a enfermedades que hasta ahora se resistían a la medicina. Las consecuencia de la deslocalización de las más diversas capacidades productivas ya mostró sus efectos en las primeras fases de la pandemia, y esa sería una de las lecciones que de las que se debería haber tomado nota. El talento para que esto sea posible existe, y las bases para convertirlo en realidades palpables, también.