Literatura

El exotismo del norte

Los países escandinavos resultan más cercanos por razones geográficas y culturales, pero en el fondo son tan exóticos —“extraños y extranjeros”, según el diccionario—, como el África negra o la Polinesia

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El exotismo del norte

Hay un exotismo que viene del sur y otro del norte, aunque en realidad sólo nos parece exótico el sur. Los países escandinavos resultan más cercanos por razones geográficas y culturales, pero en el fondo son tan exóticos —“extraños y extranjeros”, según el diccionario—, como el África negra o la Polinesia, por poner dos ejemplos. Sin embargo, la atracción por lo nórdico existe, y como prueba la edición reciente de varias traducciones. Quizá es casualidad, o quizás es que el confinamiento nos ha acercado a un mundo emocionalmente más frío y individualista, según el tópico. He aquí, pues, que ahora podemos leer clásicos como 'Ehrengard', de Isak Dinesen (Viena), 'Misterios', de Knut Hamsun (Nórdica), 'El llibre de l’estiu', de Tove Jansson (Angle); las memorias de Tove Ditlevsen en 'Trilogía de Copenhague' (Seix-Barral, L’Altra en catalán), y voces actuales como las de Ann Cathrine Bomann con 'Agathe' (Anagrama) y 'Nusos', de Gunnhild Øyehaug (Nits Blanques).

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Para combatir tópicos no se me ocurre mejor contraste que los mundos de Jansson y Ditlevsen. 'El llibre de l’estiu' es un texto luminoso de los años 70, que describe la relación entre una abuela algo salvaje y libre, y su nieta Sophia, de seis años. El vínculo con el paisaje de una isla en el Golfo de Finlandia, el mar, las tormentas repentinas o los recuerdos de la madre muerta fijan una relación intensa e imaginativa, un aprendizaje de la vida matizado por los miedos, pero feliz, al fin y al cabo.

En los recuerdos convulsos de 'Trilogía de Copenhague', publicados en la misma época, lo que se impone desde la primera frase —“Con la mañana, llegaba la esperanza”— es la voz de una niña que crece a la sombra de una madre intensa, en una ciudad arisca, y su posterior salida al mundo que se acompaña de la conciencia de clase, el riesgo de las emociones, la seducción de la literatura, la crudeza y la crueldad y, a medida que se hace mayor, el consuelo traidor de las adicciones. Ditlevsen se suicidó antes de cumplir los 60 años, y es inevitable oír su voz cercana y desnuda, con grandes momentos de un lirismo bruto, como un inventario de ilusiones y fracasos que la llevan a ese final.