Ágora

El malestar en la cultura del cómic

La polémica alrededor del Gran Premio del Cómic Barcelona es un síntoma de muchas otras cosas

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Visitantes, en una de las exposiciones del Salón del Cómic de Barcelona, en 2018.

Visitantes, en una de las exposiciones del Salón del Cómic de Barcelona, en 2018. / EFE / MARTA PÉREZ

Para definir el grado de madurez de una sociedad no hay nada mejor que observar cómo resuelve, o no, sus conflictos y contradicciones, cómo los deja pudrir o cómo los afronta. Hoy tenemos varios conflictos con mayúsculas que nos ponen a prueba: Crisis económicas, pandemias, más crisis económicas y un fastuoso cambio climático que nos partirá la cara a los de siempre. Pero, de tanto en tanto, aparecen pequeños desajustes, determinadas arritmias en la paz social y cultural que nos revelan que lo que parecía un largo río tranquilo no lo es, casi nunca lo es.

Estos días se ha desatado una polémica alrededor de un premio cultural: el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona o como se diga actualmente. Un amplio grupo de autores y autoras ha entendido que no se había adjudicado adecuadamente. Seamos sinceros, para el público mayoritario este conflicto del mundo del cómic (a mí aún me gusta llamarle historieta...) posiblemente no le merezca mayor atención, pero si así fuera se equivocaría, porque si lo analizamos bien es un síntoma de muchas otras cosas. Debo advertir de que no es mi propósito entrar en polémica alguna a este respecto y ni estoy ni me interesan las redes sociales, principal campo de esta batalla. Lo que me interesa, a lo que pretendo aproximarme, es a la patología que evidencia el síntoma.

Hoy existe una mayoría de autores y autoras que no se sienten representados por un Salón que nació para ser, y todavía es, el principal referente de este medio de expresión en el Estado español. Y lo que es peor: no se lo sienten suyo. ¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? Si me permiten que haga un poco de abuelo Cebolleta les relataré brevemente la batallita de cómo empezó todo y qué ha sucedido entre medio, o al menos lo que a mí me consta.

Los inicios

Todo empezó en 1980. El editor Josep Toutain fletó un autocar para ir a la ciudad francesa de Angulema a fin de que algunos pudiéramos disfrutar del que ya era el mejor salón de la historieta de Europa. Quedamos impresionados. Y, lo recuerdo como si fuera ahora, tuvo lugar “la conjura del autocar”. Poco antes del regreso a Barcelona nos propusimos superar a Angulema. Es lo que tiene la juventud... No lo conseguimos, pero el Salón de Barcelona llegó a ser uno de los mejores del mundo. ¿Quiénes éramos?: Toutain, su apadrinado Josep Maria Berenguer, de La Cúpula, el divulgador Joan Navarro y una nutrida representación de la generación de autores de los 70, el núcleo de El Víbora’ y el equipo ‘Butifarra!’. Pido disculpas si me dejo a alguno, la edad no perdona...

Pronto se amplió el núcleo inicial, entraron historiadores y estudiosos, más editores, libreros y más autores, nuestros hermanos mayores de la generación de los 60. La UGT creó un flamante sindicato de dibujantes que también se integró. Se buscó el apoyo de una entidad que se halló en Fira de Barcelona y se nombró a un presidente que tuviera el consenso de todos, cargo honorario que recayó en el siempre entusiasta y enorme dibujante Jesús Blasco. Y nos pusimos a trabajar. Se hizo una asamblea abierta a todos los autores para elegir democráticamente a sus representantes en el incipiente consejo ejecutivo y un servidor tuvo el honor de ser escogido.

Aquello era una revolución, las decisiones se tomaban por mayoría en un consejo en que muchas veces había hasta cuatro dibujantes contando los de la asamblea y los de la UGT. Y así se funcionó los primeros años, años en que el Salón era la casa de todos, y es que, en cualquier revolución, los primeros momentos siempre son los más hermosos. Por supuesto, había discusiones y desencuentros, y no era fácil mantener el equilibrio de fuerzas entre los diferentes intereses, sobre todo entre autores y editores... Pero en toda negociación de clase hay victorias y derrotas, que nadie piense que, en tiempos del Salón en las Drassanes, el espacio de negociación entre autores españoles y editores extranjeros cayó del cielo...Y aún recuerdo mi gran fracaso cuando, en plena crisis de las revistas en los 80, no hubo forma de convencer a los editores para que, por poco dinero, se hiciera un estudio de mercado dirigido a los lectores a fin de rectificar la inercia que nos llevaba hacia el estallido de la burbuja. Y la burbuja estalló.

Deben ser las generaciones actuales las que, necesariamente, se pongan al frente

Y luego, algo sucedió. Los conflictos no se pierden en una sola batalla. Desde el principio, Fira de Barcelona mantuvo una actitud errática con el Salón. Memorable fue el año que nos metieron en la feria de muestras al lado de las lavadoras. Y claro, hubo momentos de pérdidas económicas e incluso un año el evento no se hizo. Y aquella incipiente organización iba dando traspiés buscando a alguien que la adoptara decentemente.

Los años pasan “factura parlamentaria” y recuerdo que llegó un momento que consideré que mi responsabilidad en el Salón necesitaba un relevo, cosa que, más o menos, coincidió con la desaparición del sindicato de la UGT. ¿Y, qué pasó con los autores? El Salón, que había ido creciendo hacia un determinado modelo, buscaba financiación y una nueva estructura... Y se creó la actual Ficomic, invitando a participar en el nuevo comité ejecutivo (su auténtico órgano de poder) a un representante de la APIC (Associació Professional d’Il·lustradors de Catalunya), que contaba y cuenta entre sus filas con algunos historietistas, eso sí, con derecho a voz pero sin derecho a voto.

El malestar

Reparen en el hecho de que en el comité de Ficomic podían asistir los editores representándose a sí mismos pero solo una persona podía representar a los autores y sin poder decidir nada. Esto duró hasta que los compañeros de la APIC se cansaron y se fueron. Desde entonces los autores en el Salón son, somos, “invitados". El malestar hace años que dura.

¿Pueden los autores ser capaces de autoorganizarse y plantear alternativas de participación real en Ficomic?

No pretendo iniciar ninguna cruzada contra los editores. Algunos, especialmente los pequeños, me merecen todo el respeto, al mismo nivel que muchos autores, por su irracional amor y vocación por el medio. Tampoco contra los técnicos y la actual dirección del Salón. Delante de esta inercia, su capacidad de decisión es muy limitada. Pero, en mi humilde opinión, algo debe cambiar, porque el desamor es para siempre.

Dos reflexiones

Permítanme dos reflexiones y una constatación. Hoy, el mercado de la historieta en el Estado español es radicalmente diferente del que era cuando nació el primitivo Salón, Ahora, mal que nos pese y por razones que supondrían otro análisis, la cuota de mercado que corresponde a autores y autoras de cómic español ronda un escaso 10%, el resto corresponde a producciones mayoritariamente norteamericanas o japonesas, casi lo contrario de lo que sucedía hace 40 años. La primera reflexión va dirigida a los editores, que son los que detentan, de facto, el ‘poder’ en Ficomic: ¿es conveniente para todos mantener el actual estado de cosas? La segunda reflexión va dirigida a los compañeros autores: ¿la profesión, o buena parte de ella, puede ser capaz de autoorganizarse y plantear alternativas de participación real en Ficomic? Existen ya asociaciones que podrían servir de base para empezar a trabajar, quizás los primeros pasos ya estén dados.

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Para terminar, creo que deben ser las generaciones actuales las que, necesariamente, se pongan al frente.

Últimamente hay una frase que se repite a mi alrededor: ningún logro, ninguna conquista social o cultural es para siempre. Y hoy está en juego esa parcela de la cultura popular que nos corresponde.