Editorial

Otro desaire de Marruecos

El país vecino ha mantenido una política prudente ante el covid: pero es dudoso que eso explique la suspensión solo desde España del Paso del Estrecho

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El Periódico
Conductores esperan poder embarcar en el ferri de Algeciras, en una imagen de archivo.

Conductores esperan poder embarcar en el ferri de Algeciras, en una imagen de archivo. / Jorge Guerrero (AFP)

La Operación Paso del Estrecho es un complejo dispositivo logístico que hasta el verano de 2019 permitió todos los veranos a unos tres millones de marroquís residentes en Europa pasar las vacaciones en su tierra de origen tras cruzar la Península y embarcarse en ferris con salida en ciudades andaluzas -como Algeciras, Tarifa, Málaga y Almería- y llegada en diferentes puertos de Marruecos o las ciudades de Ceuta y Melilla. El año pasado la operación se suspendió por razones sanitarias; este año, el Gobierno de Rabat ha decidido unilateralmente cancelarla en nombre del control de la pandemia, como si la alternativa de embarcar en Sète (Francia) o Génova (Italia) entrañara menos riesgos. Es cierto que a lo largo de la evolución de la pandemia, Marruecos ha mantenido una línea de prudencia -confirmada en las estrictas condiciones con las que sí ha reabierto sus aeropuertos- que le ha dado buenos resultados. Pero también que en Francia e Italia la incidencia de la enfermedad es igual o muy parecida a la que se da en España, de lo que es fácil deducir que las razones son muy distintas a las estrictamente sanitarias.

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Más parece que el rey de Marruecos y su Gobierno han llegado a la conclusión de que complicar las vacaciones de sus súbditos con domicilio en Europa vale la pena si tal cosa sirve para tensar la cuerda con España. Las autoridades marroquís han convertido otra vez en involuntarias fuerzas de choque a ciudadanos utilizados para alentar un clima hostil entre ambas orillas del Estrecho, como si así ganasen ventaja en su objetivo de lograr que el Gobierno español deje de defender para el Sáhara Occidental un desenlace acorde con lo dispuesto por la ONU.

Tal comportamiento tiene poco que ver con la diplomacia entre vecinos que se respetan. Se asemeja más a una forma sui generis de estrategia de la tensión de un régimen de perfil autocrático que utiliza a sus connacionales sin importarle los perjuicios que les causa. En este caso, dejarles sin vacaciones, encarecérselas o complicárselas lo indecible en la creencia, quizá, de que así sumará complicidades a sus designios. 

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Si en los prolegómenos de la crisis en curso -llegada a España del líder saharaui Brahim Ghali- cupo reprochar al Gobierno poca diligencia para tener al de Marruecos informado, hoy no se puede por menos que entender como un desplante el procedimiento seguido por Rabat para cancelar la Operación Paso del Estrecho. Por la repercusión que tiene y por la forma de hacerlo, mediante un comunicado sin consulta previa con España, y la hora elegida para anunciar la medida, las 22.30 de la noche del domingo. Todo ello fuera de las convenciones más arraigadas de la diplomacia amistosa.

Creen las autoridades marroquís que la renovada cooperación con Estados Unidos les permite o autoriza a multiplicar los desaires y a echar mano de la población tantas veces como sea preciso para empeorar las cosas con España. Se trata de una escalada irresponsable que deteriora las relaciones de Marruecos con la Unión Europea, interfiere en la vida cotidiana de varios millones de personas deseosas de visitar a sus familiares y hace más difícil dar con la salida del laberinto a cada día que pasa. Son demasiadas las razones que aconsejan restablecer la concordia en términos políticos, de seguridad y de relaciones humanas como para impedir que se salgan con la suya, en Marruecos y en España, los partidarios de cuanto peor, mejor.