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¿Bye bye Bibi?

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El primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu.

El primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu. / AMIR COHEN (REUTERS)

Si nada se tuerce en los próximos días, Binyamin Netanyahu dejará de ser primer ministro de Israel tras 12 años consecutivos en el cargo. El gran manipulador, el estratega sin escrúpulos, el hombre que se cree Israel, aún podría sacar un conejo de la chistera y organizar otra guerra, o lo que sea para permanecer en el cargo. Fuera le espera un juicio por corrupción. La última ofensiva en Gaza, que causó la muerte a 67 niños palestinos, no le ha servido para impedir la formación de un gobierno alternativo.

Netanyahu inició su carrera política a la sombra del prestigio de su hermano Yonathan, muerto en 1976 en la liberación de rehenes en Entebbe y considerado un héroe nacional. Bibi, como le llaman los suyos, se dio a conocer al mundo en 1991, tras la invasión iraquí de Kuwait, gracias a su excelente dominio del inglés. Era una de las estrellas de la CNN.

Clinton dijo que era un hijo de puta. Le culpaba de haber arruinado sus intentos de sellar la paz con los palestinos. Obama no debía tener mejor opinión. Más allá de los adjetivos, Israel es el aliado estratégico de EEUU y Netanyahu, 'su' hijo de puta. Con Trump se topó con la horma de su zapato, ambos cultivan un ego desmedido y un gusto patológico por la mentira. En estos 12 años, Netanyahu ha destruido todos los planes de paz con los palestinos. Hablar hoy de la solución de los dos estados parece incluso antisemita.

Gobierno Frankenstein

Le sustituirá -si nada se tuerce hasta la votación- un gobierno de coalición que cuenta con el apoyo de ocho formaciones de derecha, centro e izquierda, además de los votos del partido árabe Maan, emparentado con los Hermanos Musulmanes y que defiende los intereses de la minoría palestino-israelí. Esto sí que es un gobierno Frankenstein y no el de Pedro Sánchez.

El nuevo ejecutivo estará presidido por el ultraconservador Naftali Bennett, exjefe de gabinete de Netanyahu, al que supera por la derecha. Cree que la Biblia es un título de propiedad sobre la tierra que le permite defender la anexión de Cisjordania. Gusta mucho a los colonos. Pese a tener solo siete diputados será primer ministro durante los dos primeros años. Es el precio pagado por el centrista Yair Lapid, que cuenta con 17, a quien le tocará serlo en los dos últimos si es que llegan. Solo les une la urgencia de despedir a Netanyahu.

Sin verdaderos partidos de izquierda

El aún primer ministro afirma que un gobierno distinto al suyo pone en peligro la seguridad de Israel. Ya se han producido manifestaciones ante el domicilio de Bennett. Le llaman traidor. Nadie duda de quién mueve los hilos del acoso. En el Israel de Bibi no quedan verdaderos partidos de izquierda, solo Meretz. Casi todos son sionistas o religiosos con más o menos matices. El corrimiento ideológico hacia la extrema derecha es un problema porque amenaza con provocar una guerra civil.

Nada cambia para los palestinos de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. La única diferencia es que el nuevo Gobierno podría ser más sensible a la presión de Biden para poner en marcha un simulacro de conversaciones de paz. Los Acuerdos de Oslo están muertos, y posiblemente lo esté también la solución de los dos estados. Son salidas dinamitadas.

Cisjordania es un queso gruyere agujereado por 130 colonias israelís y otras 100 no oficiales en las que viven decenas de miles de colonos. Se asientan en lugares estratégicos con agua. La realidad de la ocupación, ilegal para las leyes internacionales, es un apartheid para casi tres millones de palestinos sometidos a una pobreza sin derechos. Gaza es una cárcel de 365 kilómetros cuadrados con dos millones de presos. El primer paso para cualquier solución es el reconocimiento de esta realidad, no seguir pretendiendo que existe un proceso de paz en suspenso. Es necesario empezar de cero.

Solución realista

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Un único Estado es una solución realista. ¿No es lo que quiere Bennett? Serían cinco millones de palestinos más otros dos que ya tienen nacionalidad israelí porque viven dentro de sus fronteras. Los judíos son 6,5 millones. El laborista Isaac Rabin lo vio claro y apostó por dos estados separados para salvaguardar la judeidad de Israel.

La elección es simple: democracia con derechos iguales para judíos y palestinos bajo un mismo Estado o dictadura apoyada por el trumpismo y las extremas derechas mundiales. Empieza a prender un rechazo entre los jóvenes en EEUU y Europa hacia este Israel de disparo rápido, un Palestinian Lives Matter. No parece que Bennett y Lapid tengan fuerza para cambiar de política. Ganarán la tierra, pero están perdiendo el relato.