Comunicación

Lo que no se dice

Todos somos víctimas y verdugos de esa sociedad a la que le gustamos más calladas

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Homenaje en recuerdo a una víctima de violencia machista en México.

Homenaje en recuerdo a una víctima de violencia machista en México. / EFE

La vida está llena de cosas que no se dicen. Comunicaciones confusas e informaciones que no llegan de la forma adecuada. Mucho subtexto y mucha niebla. Yo pronto aprendí que lo que no se dice produce dolor. Lo que no se dice crea confusión. Lo que no se dice te hace dudar. No verbalizar lo que a una le pasa, te puede llevar a pensar que no ha pasado y aquí es donde una puede volverse loca. Podemos hablar de una violación de juventud disfrazada de “Nos emborrachamos y follamos” o algo tan tonto como comprar un producto que no te funciona y que los vendedores se esfuercen en hacerte creer que eres tú la que no sabes utilizarlo. En los dos casos, la solución no pasa por callar. Callar aumenta el problema y el trauma, sobretodo en el caso de la violación. Lo del producto me pasó hace unos meses. Es una frivolidad comparada con una agresión sexual, pero me parece importante contarlo. Allá voy. Me compro unas gafas progresivas en una óptica muy famosa que se anuncia en Instagram. Lo sé, cómo se me ocurre. Soy humana, lo siento. ¿El resultado? Unas gafas de muy mala calidad. Pero los vendedores se esfuerzan mucho a través de correos electrónicos, llamadas y de forma presencial, en hacerme creer que son muy buenas y que el problema soy yo que no me adapto, o incluso que me muevo demasiado. Conozco a personas que han caído en la misma trampa y tienen las gafas secuestradas en un cajón de casa. Yo no soy una de ellas. Yo no me callo. Insisto y peleo. Pero eso me produce un desgaste enorme. Mucha burocracia y una lucha interna conmigo misma y con mi vista: ¿Tendrán razón? ¿Seré yo que me estoy haciendo mayor y no veo tan bien? ¿Pero con mis gafas antiguas veo perfectamente? Si esas dudas, las trasladamos a una violación real de juventud, las preguntas te persiguen eternamente y condicionan tu vida y tus relaciones de por vida. A menos, que cojas a la persona indicada y le preguntes si eso pasó de verdad para que confirme los hechos. Con tu propia versión, nunca es suficiente. ¿Pero quién tiene los ovarios de hacer algo así? Poca gente planta cara al verdugo. Es más fácil callar, no decir nada y seguir adelante. Es más fácil guardar las gafas en el cajón. Así nos han educado. Si vais a la sala Beckett de Barcelona, os encontrareis una obra de teatro maravillosa de Marilia Samper, que se llama 'El que no es diu' y habla exactamente de eso. Todos somos víctimas y verdugos de esa sociedad a la que le gustamos más calladas. Con permiso de la autora, os dejo con una frase que me impresionó mucho: “Nos hablan de amor, pero nos enseñan violencia”. Pues eso. ¿Cómo no vamos a estar confundidos? Pero créanme, por mucho que duela, canse o desgaste, hablar y decir las cosas en voz alta sirve. Si hace falta, se grita. Estoy a punto de que me devuelvan el dinero de las gafas. Créanme, lo conseguiré. Porque una no se calla ni debajo del agua.