Memoria histórica

Victimiza, que algo queda

Madrid y Catalunya tienen en común el cuidado en tapar las miserias franquistas: una, emparedando las bombas; la otra, su connivencia

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Proyectil de la Guerra Civil encontrado en Casa de Campo, Madrid

Proyectil de la Guerra Civil encontrado en Casa de Campo, Madrid

Primeras diatribas cuando dejé Barcelona y me mudé a Madrid: la tapa, mejor; el café, peor; qué camareros más majos y qué metro más estrecho; el cielo es más azul, pero no huele a salitre. Comentarios de turista, que es lo que es una hasta que no se empadrona y se encabrona con los vicios y las virtudes locales. 

Luego, me fijé en los parecidos y hallé uno inesperado: cómo les tienta (y les renta) a los políticos hacer que sus votantes se sientan víctimas. Sabía que, como lo de los camareros, el cielo o el café, mi impresión era fruto de una generalización pues la simpatía, las nubes y el amargor van por barrios, no por urbes. Por eso pregunté a colegas y me dijeron que sí, que lo habían percibido, pero lo hicieron mirando de reojo a Cataluña, como si mis paisanos les hubieran contagiado algo a los suyos. Esperé a tener más pruebas.

La primera llegó con una palabra: “madrileñofobia”, pero ha sido un libro el que me ha hecho entender cómo se usa en política lo de victimizarse. Se titula ‘Madrid bombardeado. Cartografía de la destrucción 1936-1939’ y es obra de los arquitectos Enrique Bordes y Luis de Sobrón, que han contado y contrastado, uno por uno, los destrozos de la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria de Italia sobre Madrid. 

El objetivo, cartografiar “el primer ensayo real de guerra total” que cayó en el olvido en cuanto acabó la contienda. ¿Por qué? Porque para el franquismo Madrid fue "la ciudad de la victoria” y para afianzar esa imagen había que borrar “su condición de víctima de la violencia”. Por eso repararon la mayoría de calles y edificios de manera que no quedara huella del “urbicidio”, que no es una destrucción menor, es la del cascarón, la de la ciudad, ente vivo que nos guarece. 

Si han tenido que pasar 80 años para poder hacer ese trabajo, cuentan los expertos, es por la polarización y la judicialización de las políticas de la memoria. Al leerlos, me acuerdo de quienes se niegan a desenterrar muertos de las cunetas y acusan a quien lo pide de no querer cerrar heridas. Esa prisa por olvidar, unida a que el pasado-pasado es más cómodo que el inmediato (no hay testigos) permitió que “los madrileños y madrileñas tengan más presente el sacrificio del levantamiento contra los franceses ocupantes del 2 de mayo de 1808” que una guerra de hace ocho décadas. 

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¿Y qué tienen en común Madrid y Catalunya? Una batalla perdida hace siglos entre sus mitos fundacionales. El cuidado en tapar las miserias franquistas: una, emparedando las bombas; la otra, su connivencia, como tan bien retrató en ‘Catalanes todos’ Javier Pérez Andújar. Y que a ambas las victimizan o desvictimizan sus líderes a conveniencia. 

Los fines y las formas son distintos: si los de arriba optan por mostrar sus heridas y agrandarlas, los del centro prefieren fingir felicidad e irse de cañas. Así que de haber un contagio, solo es de estilo pues la victimización es un arma vieja para ambas y la frivolidad con que la usan es la misma. ¿No dan ganas de ser turista?