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Ana de las 70 canciones

Ana Belén está de aniversario. Esta mujer curiosa, generosa y cómplice, persona consecuente con su tiempo y su país, tiene lo que no aparenta

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La actriz y cantante Ana Belén, en una imagen promocional de 2019.

La actriz y cantante Ana Belén, en una imagen promocional de 2019.

A partir de cierto momento de la vida, uno empieza a darse cuenta de que de todo hace ya mucho tiempo. Quizás por eso, y como reacción terapéutica, Graham Greene concluyó que, en el fondo de nosotros mismos, siempre tenemos la misma edad.  

Sucede con nuestros referentes. Sabemos que el tiempo también pasa para ellos pero nos sorprendemos cuando, un día, se nos aparece su realidad y se da de bruces con nuestros recuerdos. Y se dispara la nostalgia, hurga en la memoria, busca sus instantes y empezamos a revivir. Recuérdame, que recordar es volver a vivir, insistía el bolero.

Es lo que ha hecho Ana Belén, a sus recién estrenados 70 años. Evocarlos a través de 70 canciones, para compendiar la banda sonora de muchas vidas, proyectadas a un ritmo que se nos antoja vertiginoso. Tantas vidas, que su voz se ha confundido con la del país y sus melodías con las de nuestra sociedad. Y quienes la han tenido como musa, inspiradora, colega, icono u objeto de deseo, escuchándola saben que se oyen a sí mismos. Que se ven de jóvenes tarareando, aplaudiendo, coreando y vibrando con las letras comprometidas, los mensajes sutiles, el ritmo pegadizo o la balada íntima. Una dimensión ampliada en escenarios teatrales, platós de televisión, pantallas de cine, estudios de grabación y grandes recintos. Allí donde Lorca se confundía con ShakespearePérez Galdós con Sófocles, Fernando Trueba con Vicente Aranda, Antonio Flores con Fito Páez y Miguel Ríos con Joan Manuel Serrat, que habla excelencias de su amiga.

María del Pilar Cuesta Acosta (Madrid, 27 de mayo de 1951) está de aniversario. Esta mujer curiosa, generosa y cómplice, persona consecuente con su tiempo y su país que sigue en perfecto estado de revista, según el poeta, tiene lo que no aparenta. Y aunque el elogio fruto del amor tiende a la exageración, insiste que no hace daño ser agradecidos con quienes nos ayudan a acercarnos a los sueños y a soportar las pesadillas. Como la que persiguió a la niña que quisieron prodigio, en época que otras ya lo eran o la que le provocó censura y persecución, en los últimos coletazos de la dictadura. Y de ahí, al exilio que soportó junto a Víctor Manuel, el compañero del alma, compañero, que le había dado su corazón por alimento. 

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Nadie puede discutir que Ana Belén forma parte de nuestro imaginario. Colectivo o individual. Lógico, si seis de sus siete décadas nos ha acompañado en formas, momentos y grados distintos. Pero también poco habitual en este país, si tenemos en cuenta la fragilidad de nuestros gustos y la celeridad de sus cambios. Algo tendrá aquella, su generación, que no ha sucumbido a modas ni ha perecido entre tendencias. Al contrario. Resiste porque, seguramente, fue la primera que supo convertir en clásico lo que fue popular, en propio lo que parecía ajeno y en cercano lo que se intuía inalcanzable. La promoción que, en cambio, ha superado con nota muchas dificultades, sobradas competencias y frívolas comparaciones. 

Y así fue como aquella chica se hizo fuerte, porque era volcán y supo alzar el vuelo, aunque nunca le enseñaron a volar. Y, repasando su historia a través de las letras de sus canciones, ya no puede pedirle a Dios que la reseca muerte no la encuentre vacía y sola, sin haber hecho lo suficiente. Esto no, porque a la vista está.  

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