Arquitectura revolucionaria

La parábola del creador radical

Quien no ha experimentado de forma libre jamás podrá ir más allá de lo convencional. A propósito del añorado Enric Miralles

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Enric Miralles, en su estudio.

Enric Miralles, en su estudio. / Maria Birulés-Fundació Enric Miralles

Érase una vez, un joven estudiante de arquitectura recién salido de la facultad. Está ilusionado, pero sin encargos.Y no quiere prostituirse en un despacho de arquitectura comercial. Todos construyen basura. Por eso decide hacerse un encargo a sí mismo. Experimentar en su propia habitación, lo único que tiene. Un diminuto cubículo con una puerta, una ventana, mesas, sillas y una cama. 

Hará un proyecto radical. ¿Porqué la cama siempre está arrimada a la pared? Decide ponerla en medio del espacio y el resto de muebles en las esquinas. Pero no le convence, por ser aún bastante convencional. Al poco tiempo agrupa todos los muebles en el centro y deja un pasillo perimetral. Le sigue pareciendo poco vanguardista: arrima el armario a la ventana cegando las vistas, y pone el colchón encima de la mesa. Intentando ser auténticamente revolucionario decide pintarlo todo de rojo, volcar el armario en el suelo, ponerse a dormir adentro y tirar el resto de muebles por el balcón. 

Tras pasar tres noches terribles, recibir quejas de los vecinos, sufrir una lumbalgia y ser abandonado por su novia, reconsidera su postura. Decide asentar la cabeza. Recupera los muebles del contenedor, los arregla, coloca la cama en su sitio, pide perdón a los vecinos, y llama a su chica. A la semana siguiente, encuentra trabajo. En un reputado estudio que construye edificios corporativos y viviendas a la moda. Ahora dibuja planos ordenados con armonía. Entona la gama de colores y elige muebles 'vintage' a juego.Se ha vuelto un conservador, sí, pero cada noche al acostarse, se excita sabiendo que un día fue libre. Sus compañeros nunca. Y se duerme feliz. Y sueña.

Moraleja: solo quien ha experimentado libremente alguna vez es consciente de que siempre se puede ir más allá. 

Recuerdo que Enric Miralles me contó, más o menos, este cuento a finales de los años 90. Él triunfaba internacionalmente con un estilo novedoso, abrupto, expresivo, bellamente caprichoso. Era la gran la gran promesa. Pero un cáncer fulminante se lo llevó en 2.000 cuando apenas tenía 45 años. Ahora diversas exposiciones rememoran su excepcional talento. Pero el panorama arquitectónico ha cambiado radicalmente en estos últimos veinte años. Los arquitectos del 'star system' finisecular se fueron estrellando. A las ciudades les dejó de hacer gracia lo de “ponga un Foster” en su ciudad. O que una 'calatravada' costase tres veces lo anunciado y encima se cayese a pedazos. O que una diva, Zaha Hadid, proyectase un puente sin haber puesto nunca los pies en ninguna de sus orillas. Ahora los alcaldes ya no quieren coleccionar hitos urbanos, saben que les puede costar caro, económica y socialmente. Ahora ya no hay interés en “mejorar” el 'skyline' de un aciudad, sino más bien en preservarlo. Derribar un barrio degradado para colocar un par de rascacielos inteligentes no cuela. Hay otras preocupaciones. Cohesionar el territorio, aprovechar el patrimonio, rehabilitar con ingenio, coser heridas, desmontar infraestructuras agresivas, renaturalizar las urbes... El interés ha pasado de la competición por la estética más llamativa a la más efectiva y afectiva. Ahora, significativamente, el Pabellón de Catalunya en la Bienal de Arquitectura de Venecia no va de genios. Este año se titula 'air/ aria/ aire'. Y eso muestra, aire, no edificios. La comisaria Olga Subirós, con el estudio 300.000km/s, ha analizado la calidad del aire de Barcelona, para demostrar que está matando gente. Transitamos del 'egotrip', a la salud.

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Volviendo a Miralles, es de justicia recordar que tras un gran hombre puede haber no una, sino dos grandes mujeres. Y no detrás, sino al lado. Carme Pinós, su primera mujer y socia, fue partícipe del proceso generativo del denominado estilo Miralles. Y lo ha sabido desarrollar en solitario con altas cotas de calidad y perseverancia. Y Benedetta Tagliabue, su segunda mujer y también socia, realimentó el lenguaje 'mirallesco' en sus obras conjuntas y ha sabido a su vez elaborar un brillante camino propio.

Miralles fue un loco muy cuerdo. Justo este año le hubiese tocado jubilarse. Quién sabe si harto de tanto hierro retorcido, le hubiese gustado retirarse a una casita de campo a dos aguas toda pintada de beige ¿No cuela,no?

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