Gestión de la crisis

Rescate es autorrescate

Si Pedro Sánchez se atreve por fin a firmar medidas de gracia, el gobierno Aragonès-Giró se podrán dedicar a salvar el doble 'gap' de la desorientación del país y batacazo económico

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El vicepresidente del Govern en funciones, Pere Aragonès.

El vicepresidente del Govern en funciones, Pere Aragonès. / EFE / Quique Garcia

Tecnocracia, gestión, recuperación... Lo que más destaca en el nuevo Govern es la ausencia de pesos pesados de la política. Que todas las voces autorizadas de JxCat queden fuera del ejecutivo es un claro indicio del fin de las peleas. Parece, si no lo estropean desde fuera, que la primera preocupación de cada uno de los consejeros consistirá, no a posicionarse en un tablero político que no presenta síntomas alarmantes de inestabilidad, sino a demostrar día a día que son aptos para el cargo. La esencia del pacto o tal vez tregua consiste en el aplazamiento de las tensiones y el traslado de las que surjan al ámbito de los partidos. Los líderes parecen por primera vez conscientes de la necesidad de hacerse perdonar, en primer lugar por sus propios votantes y si puede ser por el resto de ciudadanos, los que ya no esperan nada de la Generalitat aunque sepan que cabría esperar no todo, pero sí bastante.

Después del 'president', que ejerce sus prerrogativas con moderación y gasta un discurso ambivalente para ahorrarse intromisiones, vengan de Waterloo o de Lledoners, el peso pesado sobre quien se posarán los ojos de la atención pública es el 'conseller' de economía, Jaume Giró, que pertenece al 'top ten', sino al 'top five', de los catalanes con alta, significativa y brillante trayectoria. Su currículo en este sentido pesa más que los de todos los demás juntos, incluido el de su superior jerárquico. El respeto que este hecho debe inspirar tanto en sus colegas como en sus interlocutores más o menos lejanos es, de entrada, una inmejorable carta de presentación para el Govern. Todo indica que, al contrario de Elsa Artadi, siempre ha sabido cuál era su sitio y que no había que meterse donde no le llamaban, menos aún para agravar los problemas o boicotear las soluciones en vez de facilitarlas. La significación del fichaje en la orientación del Govern se hace evidente cuando observamos que ha sido criticado sobre todo desde las filas de JxCat. Aunque el vicepresidente nominal sea Jordi Puigneró, asimismo de bajo perfil político por fiel a Puigdemont que se le considere, Aragonès no se podría estrenar con un número dos más hábil y calificado y por lo tanto mejor avalador de la nueva etapa.

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Si Pedro Sánchez se atreve por fin a firmar medidas de gracia, los primeros tiempos del gobierno Aragonès-Giró, se podrán dedicar sin muchos problemas hoy previsibles al rescate de la economía catalana, es decir a salvar el doble 'gap' de la desorientación del país y batacazo económico. Las posibilidades están ahí. El mensaje, si va acompañado de hechos, será creíble. Y solo de esta forma, demostrando que el Govern hace su trabajo, y lo hace bien aunque sea independentista, podrán contribuir al rescate de la situación. Si tenemos en cuenta que el desprestigio del independentismo ha sido ganado a pulso en la etapa Quim Torra y que no es menor entre los propios que entre los extraños, tendremos que concluir que en eso, en el rescate, en la utilidad real y medible de la acción gubernamental, radican todas las posibilidades de autorrescate de los dos partidos corresponsables de los destrozos.

A primera vista, y tal vez porque las negociaciones han sido tan duras que han apaciguado las ganas de enfrentarse, los acuerdos de fondo parecen tan sólidos que han conducido al silencio más vergonzante de todos aquellos, más numerosos de lo que parece, que habían confiado en JxCat y Puigdemont como baluarte y garantía de confrontación permanente. Más que de un proceso convertido en fantasmagoría por no reconocimiento del fracaso ni al cabo de los años de haberse producido, la estabilidad del Govern dependerá de la variable de las relaciones con el PSOE, condicionadas por el temor de Pedro Sánchez a la perder la Moncloa a manos de la derecha y la extrema derecha. La previsión de dos años de relativa calma no es para nada estúpida, y menos si los Comuns colaboran como con Torra. Más adelante, con las elecciones generales, se abrirán varios escenarios, entre los que hay que contar con una embestida de los radicales de JxCat ahora marginados en nombre de un -según ellos- impúdico pragmatismo neoautonomista. Pero también, en este caso, hay que contar más con un cambio de alianzas que con una nueva, extemporánea y arriesgadísima disolución del Parlament.