Industria editorial y actualidad

¿Qué quería decir con su libro?

Dylan aconsejaba apostar por la polisemia de lo que se escribe y no negarnos la posibilidad de interpretarlo de varios modos

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¿Qué quería decir con su libro?

En el documental 'No Direction Home', Bob Dylan tiene que 'explicar' en un programa de radio una de las canciones que solía 'cantar'. El locutor da por sentado que 'A Hard Rain’s Gonna Fall' avisa de la inminente caída de la bomba definitiva. ¿Va, entonces, de la lluvia atómica, no? “No, solo va sobre una fuerte lluvia”, insiste el cantautor, con una cara de desconcierto similar a la que pondría en la grabación de 'We Are The World' de 1985.

Evidentemente, la generación de Dylan creció marcada por la idea de que el Planeta Tierra podría sufrir un apagón, de Guerra Fría a Guerra Nuclear en un clic. Además, 'A Hard Rain’s Gonna Fall' salió en los meses de la Crisis de los Misiles de Cuba. Y, aun así, Dylan insiste en esa misma entrevista: “No soy un 'topical singer'”. Esto es: no soy un cantautor temático, mis canciones no van sobre temas específicos que podrían salir en el telediario del mismo día del concierto.

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Ahora que Dylan cumple años, se me ocurre que, a la luz de recientes polémicas y del funcionamiento de nuestro mercado editorial y musical, su consejo es válido. Apostar por la polisemia de lo que se escribe y no negarnos la posibilidad de interpretarlo de varios modos. A veces, como cantaban Astrud, el cementerio de Sao Paulo no es una metáfora, sino un cementerio que tienen en Sao Paulo. Pero a veces, sí. 

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Más o menos de esto hablaba Antonio J. Rodríguez en su Twitter el otro día, cuando analizaba de qué modo la industria editorial vende los libros en función del tema candente que toquen. En este sentido, los escritores, por ejemplo, serán llamados luego para explicar, de modo más conciso y didáctico (limando cualquier complejidad), qué opinan sobre esto o lo otro. El libro pasa entonces a ser un suvenir de esa idea (o de ese nuevo personaje, marca, opinador). 

Esto no es una crítica ni a quien publica las noticias ni a quien escribe los libros, sino un lamento sin melodrama sobre lo que se pierde por el camino y lo que se pierde quien los lee. Al fin y al cabo, como decía un premio Nobel judío (y no hablo de Dylan, sino de Saul Bellow): “Un novelista no construye un rascacielos solo para esconder a un ratón debajo”.

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