Desde el más allá

El ego de Pilar Rahola

Es difícil otorgarle la nula importancia que merece, a quien se da tanta a sí misma

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Pilar Rahola, en TV-3.

Pilar Rahola, en TV-3.

Alegrarse del despido de Pilar Rahola de 'La Vanguardia' es atribuirle a esa mujer una importancia de la que carece, al fin y al cabo no hacía más que lo que ha hecho durante toda su vida por otros medios: arrimarse al poder. Puesto que no puede hacerlo preparando una paella cada día en Cadaqués, lo hacía por escrito, que no requiere gambas y en su caso empalaga más. Yo, si un columnista no me gusta, no exijo su marcha, con no leerlo estoy al cabo de la calle. Como le sucedía a Groucho con la TV, la Rahola ha hecho maravillas por mi cultura: cada vez que tropiezo con un artículo suyo, dejo el periódico y cojo un buen libro.

Claro está que es difícil otorgarle la nula importancia que merece, a quien se da tanta a sí misma. Ha pretendido hacer creer a sus ingenuos lectores que las órdenes de despedirla venían «de arriba del todo y de más allá» (sic). De entrada, he pensado en la larga mano de Joe Biden o el papa Francisco, pero el «más allá» debe de significar que estos son poca cosa para el descomunal ego de la ya excolumnista, y que las órdenes proceden de más arriba todavía, literalmente de más arriba: del mismo Dios. Tiene su lógica la intervención divina, puesto que lo que más se escucha sobre Pilar Rahola es que «no la aguanta ni Dios».

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Yo soy tan poquita cosa que debo conformarme con que reclame mi cabeza morralla política como Elsa Artadi o el senador Matamala, y para terminar de humillarme, mi diario no se molesta siquiera en hacerles el menor caso. Con lo que me hubiera gustado contarle al mundo que me han despedido por presiones políticas. Si serán poca cosa quienes quieren silenciarme, que en lugar de un escritor de verdad, un día llamó la propia Rahola, quejándose de una de mis columnas y con tono de ustedes no saben con quién están hablando. Tampoco le hicieron caso, como es natural, pero ahora va a tener tiempo de pensar en su curioso concepto de libertad de expresión.

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Espero que el puesto que deja vacante lo ocupe una persona y no un robot, que en el mercado laboral cada vez hay más de estos cacharros. Se salvan de momento los trabajos intelectuales, razón de más para temer que sí, que existe el peligro de que la columna se la encarguen a un robot, uno sencillito, el mismo Roomba del señor Godó, si tiene cinco minutos libres tras barrer el despacho.

No, no me alegro que haya sido largada. A ver si para mantener su tren de vida, ahora tendrá que aparecer más a menudo en TV-3 y habremos hecho un pan como unas hostias.