Fenómenos extraños

Animales caídos del cielo

Cada vez que aparece un monolito misterioso en la geografía catalana y veo el interés que suscita en los ayuntamientos, lo entiendo. Podría ser una atracción turística

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Tiburón de Headington, de John Buckley.

Tiburón de Headington, de John Buckley.

La vida es extraña. Empecé a leer un libro de ensayos del escritor Dan Fox, 'Limbo' (De Conatus), y en la primera página contaba: “Una mañana de agosto de 1986 apareció un tiburón de ocho metros incrustado en el tejado de una casa adosada de Headington, una zona residencial de las afueras de Oxford. Parecía haber caído de cabeza desde las nubes, aunque no constaba que la noche anterior se hubiera producido ningún extraño diluvio”. La imagen me sorprendió tanto que empecé a recordar animales caídos del cielo...

Pensé en las plagas bíblicas y en las invasiones de langostas en Somalia o Etiopía, provocadas en parte por los desajustes climáticos. Entonces reviví el inicio de la película 'Magnolia', de Paul Thomas Anderson, cuando una tormenta de sapos caídos del cielo provoca una serie de catástrofes, y un niño superdotado lo mira y dice: “Esto son cosas que pasan”. Esa naturalidad de lo extraordinario también aparecía en 'Màgia tridimensional perenne', en la que el añorado Víctor Nubla contaba algunas historias de su barrio de Gràcia. En concreto, Nubla explicaba que una noche de primavera de 2005, de madrugada, en el paseo de Sant Joan, unos amigos vieron una langosta marina “que se arrastraba por el suelo en dirección al monumento a Anselm Clavé”. ¿Qué hacía allí la langosta marina? ¿Había subido desde el mar o se había escapado de alguna marisquería? ¿Había caído del cielo? Nadie la tocó y el animal continuó su viaje; a falta de una hipótesis clara, Nubla escribía que aquel hecho ya formaba parte del “territorio de los símbolos”.

Un animal caído del cielo puede ser tan real como simbólico, pues, y más si se trata de un cerdo: es lo que ocurre en un gran cuento de Stephen Dobyns, del libro 'Comiendo desnudos' (Circe). Un poeta de Boston con fama de oscuro muere cuando “un cerdo cayó del cielo y le aplastó”. El cerdo, de 260 kilos, viajaba sedado en un helicóptero porque iba a salir en una película; mientras lo trasladan desde una granja, se despierta, se asusta y con el movimiento se escapa del aparato y cae. Los diarios titulan “poeta pulverizado por la caída de un cebón", la gente lo cuenta entre risas, y el poeta prestigioso pasa a la posteridad como el escritor que murió aplastado por un cerdo. Ya no lo lee nadie.

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Con este zoo de animales en la cabeza, volví a la lectura del ensayo y, claro, el tiburón de Oxford tenía una explicación lógica. Estaba hecho de fibra de vidrio y lo había instalado de noche el artista local John Buckley. Tras la sorpresa, se inició un debate sobre el futuro del tiburón. Al final, el ayuntamiento decidió conservarlo y hoy en día sigue siendo una atracción local. Quizá por eso, cada vez que aparece un monolito misterioso en la geografía catalana y veo el interés que suscita en los ayuntamientos, lo entiendo muy bien. Podría ser una atracción turística. Pero entonces tengo una visión: mientras esperamos que caigan tiburones del cielo, o sapos, quizás los podrían poner todos en las rotondas de nuestras carreteras, y eliminar de paso todo ese arte execrable que las adorna.