Conocidos y saludados

La doble marcha de la 'consellera'

Han sido casi tres años en el cargo divididos en dos partes que nada han tenido que ver por lo que a la magnitud de la tragedia se refiere

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Alba Vergés, en el Hospital de Terrassa, el pasado abril

Alba Vergés, en el Hospital de Terrassa, el pasado abril / ACN / Àlex Recolons

“Ha sido un honor” corearon como despedida la 'consellera' de Salut y el titular de Interior como máximos responsables de las restricciones dictadas por la pandemia. Un honor que la justicia relativizó de inmediato enmendándoles su última plana. El Tribunal Superior permitía adelantar al mismo jueves lo que ellos habían anunciado para el próximo lunes: que bares y restaurantes retrasaran su cierre hasta medianoche. Se ponía así punto final a uno de los capítulos más tensos de los muchos que han marcado las polémicas decisiones políticas durante el largo año enmascarado. El del clamor permanente del sector de la restauración que se ha sentido tan castigado como desatendido por parte de quienes, dicen, nunca les aportaron datos científicos que certificaran el riesgo de contagio real en sus locales y avalaran tanto su cierre como su limitada reapertura. Y algo de verdad debía haber en la queja cuando todos hemos procedido de igual manera actuando contra la lógica de la transmisión: entramos en el local luciendo la mascarilla que de poco nos ha protegido en la calle y nos la sacamos así que nos sentamos frente a interlocutores tan alejados de nuestra burbuja como cercanos a nuestra integridad.

Se va cerrando así, un período en el que el principal entuerto ha sido atribuirle al Procicat el peso y la responsabilidad del conjunto de medidas que este organismo solo debía analizar para dotar a los sectores implicados de una cierta coordinación que permitiera garantizar su cumplimiento. Y esto, a pesar de que de sus reuniones no conste acta alguna y su poder nunca se haya justificado como para que de él dependiera tanta limitación de libertad. Aun así, a veces se ha sido tan laxo en el proceder que parecía que poco importara lo acordado. O tan excesivamente rígido en otras como para temer que algunos uniformados se hubieran tomado al pie de la letra aquella máxima antigua que clamaba: “dadles poder, y les conoceréis”. 

Alba Vergés i Bosch (Igualada, 3 de septiembre de 1978) ha vivido todo este tiempo mucho más intensamente de lo que nunca se imaginó. Han sido casi tres años en el cargo divididos en dos partes que nada han tenido que ver por lo que a la magnitud de la tragedia se refiere. Y la frontera entre ellas podría situarse en aquellas palabras emocionadas que sirvieron a la vez para confinar la Conca d’Òdena y liberar públicamente su corazón. Lágrimas sinceras y voz entrecortada de quien dejaba allí a su familia acorralada por la virulencia del brote mientras la obligación la mantenía secuestrada en el departamento de la salud amenazada. Responsable pública convencida, Vergés ha crecido como divulgadora mucho más en la cercanía de algunas entrevistas que en la encasillada comparecencia oficial.

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