Cultura

La noche más poética

Al final, lo que quedan son los versos. En tiempos de máquinas, pantallas y pandemias, parece un milagro

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Acto de homenaje a Margarit, en el Liceu.

Acto de homenaje a Margarit, en el Liceu. / ANTONI BOFILL

La noche del pasado martes fue la más poética del año en el calendario barcelonés. Se celebró en el Palau de la Música el 36º Festival Internacional de Poesía mientras sobre el escenario del Gran Teatre del Liceu tenía lugar el homenaje póstumo a Joan Margarit, fallecido el pasado febrero. Al segundo acto se accedía solo por invitación y se ofrecía en directo por streaming, pero es curioso que ambas veladas coincidieran, cuando de otro modo los aficionados habríamos podido disfrutar de ambas. Más allá de esta obviedad, es fabuloso que la ciudad celebre y honre a los poetas.

En el Palau y como siempre, los versos fueron políglotas. El público, modelo de aplicación, escuchó leer en sueco, francés, italiano, euskera, castellano y catalán, siempre siguiendo la lectura en el librito editado para la ocasión y con la diminuta lamparita que iluminaba menos que la luz crepuscular que le quedaba al día.

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Fue emocionante el gazpacho de lenguas y la variedad de estilos recitativos. Los más celebrados: el congoleño Fiston Mwanza Mujila, quien leyó entre gritos, carcajadas y cantos, y la catalanoargentinoitaliana Samantha Barendson, cuya voz suave y entrenada deleitó a todos. De otro estilo fue la actuación de la iraní nacionalizada sueca Athena Farrokhzad, que sorprendió con su tono grave y monocorde, en contraste con unos versos arrolladores.

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Ya sabíamos antes de la noche del martes que hay poetas que sería mejor que no leyeran nunca sus versos en voz alta. Ese es uno de los encantos del Festival de poesía: no hay disfraz. Lo que cuenta no es el cómo sino el qué. Lo que pudimos descubrir en el Palau es el poco o ningún talento de los poetas para abandonar el escenario. Los hay que huyen a toda prisa sin atender los aplausos y quienes improvisan unas reverencias que rezuman incomodidad. Puede que las palabras que acaban de leer hayan llenado el escenario, pero a ellos parece no gustarles nada.

Al final, lo que quedan son los versos. En tiempos de máquinas, pantallas y pandemias, parece un milagro.