Bambalinas del oficio

El periodista sensacional

Tres profesionales del periodismo hacen una revisión de su oficio en libros de reciente aparición

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La redacción de EL PERIÓDICO, en una foto de archivo. 

La redacción de EL PERIÓDICO, en una foto de archivo.  / JULIO CARBÓ

Hay buenos periodistas y periodistas que se equivocan. Los malos no son periodistas. Y no me refiero a que tengan que ser buenas personas. Esto me vale para policías, políticos y todos los oficios cuyo servicio es público, aunque sea una empresa privada la que los pague.

Y no es corporativismo, es reivindicación: en pocos sectores vi la autocrítica que he visto en este. Y no hablo de excusas sino de ser consciente de cada decisión tomada hasta que el artículo o el podcast salen a la calle. También es conocer las limitaciones: qué empresa te paga, cuál paga a tu empresa, la prisa, las amenazas o la protección de las fuentes.

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No me atrevo a exigirle al lector que tenga eso en cuenta, aunque sería muy conveniente, más con los grandes medios, pero también con los pequeños. Lo digo porque los conozco: entre ellos hay muchos huidos o expulsados de diarios poderosos que se ponen por su cuenta para cobrarse venganzas saltándose las normas del oficio, las absurdas y las útiles, y pagan a sus empleados el equivalente a un bledo. No me molesta la dureza de sus críticas, sino su amnesia. Conocen esos límites que un día asumieron y de cuya fricción con el periodista (que debe resistirse a ellos) sale algo parecido a la verdad, que saben que es escurridiza, aunque ahora la prometan como si atraparla fuera fácil. También eso es populismo.

Pienso en esto porque a esto me dedico y porque tres libros recientes me lo recuerdan. Uno es ‘Departamento de homicidios’ (Libros del KO) de Cruz Morcillo; ’Miss Marte’ (Alfaguara), de Manuel Jabois, y ’El pozo’ (Destino), de Berna González Harbour. Los tres son periodistas y sus trabajos fuera y dentro de esos libros, muy distintos, pero tienen en común lo que aquí expongo: incluyen en su tarea una revisión de su profesión.

El de Morcillo, veterana de sucesos en ‘ABC’, homenajea a las fuentes, a los cuerpos de Homicidios que se pierden su luna de miel o guardan la ficha del primer muerto que vieron. ¿Hay malos policías? Sí, pero no son policías. “Hay un reconocimiento natural de los fallos propios”, dice sobre uno de ellos a la vez que ella misma se analiza.

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En la novela de Jabois la trama es un crimen de hace 25 años, pero de fondo está la verdad, un muerto de menor valor. Por eso afirma él que hemos menoscabado la palabra “periodista” hasta el punto de que, cuando alguien nos nombra, piensa “en un manipulador dando voces en un plató”. Lo dice mientras cuela en su novela a Rafael Sánchez Ferlosio, el pensador más crítico con periodistas y periodismo, el que seguro creyó (a qué tanta lectura, tanto horadarnos) en nuestro oficio.

Para hacer esa terapia, González se asoma a un pozo por el que cae una niña y al que se asoman los informadores que con su prisa, el ansía de clics y seguidores, no hacen ese agujero menos hondo sino más turbio. Y por ahí se precipita la cría, el periodismo “y la decencia de todos.” Y en ese “todos” la autora incluye al lector, que puede ser, como el periodista, sensacionalista o sensacional.

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