El laberinto catalán

Catalunya como residuo político e institucional

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Pere Aragonès y Laura Borràs, durante la fallida sesión de investidura.

Pere Aragonès y Laura Borràs, durante la fallida sesión de investidura. / AFP

Hay cosas mucho peores que unas nuevas elecciones. Por ejemplo, un gobierno que se sepa malo de antemano. O peor aún, un ejecutivo que sólo aliente entre la ciudadanía la indiferencia o el desprecio porque sólo es percibido como un ruido molesto, un zumbido en las orejas, un acúfeno más o menos intenso que hay que aceptar resignadamente porque no toca otra que convivir con él.

Lo primero, un gobierno ineficaz, es lo que se nos vendría encima si ERC y JxCat diesen un volantazo a su relación y acabasen formando un ejecutivo de coalición entre ambos, con el apoyo parlamentario de la CUP. No se trata de un vaticinio, es una certeza. La degradación de las relaciones entre ambos y la divergencia de sus proyectos políticos imposibilitaría la mínima cohesión que un proyecto gubernamental necesita para fijar un rumbo y mantenerlo.

Además, la independencia, la cola de impacto que les ha mantenido unidos a la fuerza desde el 2015, duerme ya un sueño indefinido en el cajón de los proyectos fallidos. Solo la necesidad de Pere Aragonés de no perder la presidencia, ahora que la tiene al alcance de la mano; y la misma perentoriedad de los junteros por mantener en posiciones relevantes de la administración a su ejército de cuadros para consolidar un partido joven actuaría de engrudo, ciertamente poco eficaz, de esta alianza.

Pero Catalunya seguiría suspendida en el tiempo en la medida que este, como han demostrado las negociaciones, sería un gobierno incapaz de fijar una meta y empujar a todo el país de manera colegiada hacia ella. Un mal gobierno, en definitiva.

La única armazón con la que se puede justificar la alianza entre ERC y JxCat desde entornos soberanistas es la apelación constante a la dilapidación del 52% del voto independentista -por cierto, PDECat incluido- que supondría el no ponerse de acuerdo.

Pero hay en esa lectura un importante error de apreciación por parte del soberanismo. Eso tendría sentido si la independencia siguiese siendo el objetivo de ambos partidos. Pero esto ya no es así. Siguen siendo independentistas, claro. Pero la independencia no está en la hoja de ruta de los próximos años. Ni para ERC y tampoco para JxCat, exceptuando las reencarnaciones de Reagrupament que de un tiempo a esta parte hallan cobijo bajo las siglas puigdemontistas. Si ambos partidos pudiesen hablar claro a la buena gente que se dirige a ellos para insistirles sobre la necesidad de culminar el proceso para poder verlo con sus ojos, la respuesta que recibirían si republicanos y junteros contestasen con sinceridad sería esta: "Haber nacido más tarde. Por un largo tiempo ya no toca".

Llegados aquí, sólo la judicialización, los presos y el abuso injustificado y reiterado en el tiempo del estado en algunas cuestiones -tratos discriminatorios en el acceso al tercer grado, abuso del Tribunal de Cuentas que incluso reconoce alguno de sus miembros, etc- galvaniza la ficción de la necesidad de un gobierno de unidad independentista. Pero lo cierto es que ni para estas cuestiones un ejecutivo de estas características resulta útil. Con la independencia en el cajón, la superación de la política de bloques sería sin duda más efectiva también en este frente.

Pero insistimos, hay cosas peores que un gobierno malo. Y la indiferencia de la ciudadanía por sus instituciones de autogobierno es una de ellas. El edificio institucional se ha caído a trozos en Catalunya. Si primero fueron los constitucionalistas los que sintiéndose despreciados por el independentismo gubernamental dejaron de sentir la Generalitat como algo propio, ahora son también los soberanistas los que van llegando en tropel al mismo punto de encuentro.

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Al discurso explícito del 'torrismo' sobre la inutilidad del autogobierno, entendido como un estorbo (salvo para aceptar las dádivas derivadas de la condición de expresidente) hay que añadir el uso y abuso continuado de la Generalitat desde el activismo hasta desgajarla -solo la pandemia ha corregido mínimamente este punto- del anclaje imprescindible con todas las políticas sectoriales que acaban impactando en la vida diaria de 7,5 millones de personas. Siendo así, ¿qué importa en el fondo que haya gobierno o no? Y, yendo todavía más lejos, ¿qué importa ni siquiera la existencia de la Generalitat?

Esta y no otra es la gran derrota de Catalunya. El hecho de que sus instituciones y su marco de actuación política se hayan convertido en un circuito teatral residual, de segunda fila, en el que ya solo se estrenan obras menores para consumo único de sus propios protagonistas. De ahí la indiferencia creciente con la que es acogida cada nueva obra y el tanto me da con el que la ciudadanía acompaña las negociaciones para la formación de un nuevo gobierno o la repetición de las elecciones. No quieren darse cuenta, pero ahí fuera se está aprendiendo a vivir sin ellos.