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Israel tiene un problema y no es Gaza

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Soldados israelís lanzan un cohete hacia territorio palestino.

Soldados israelís lanzan un cohete hacia territorio palestino. / AFP

Más grave que una nueva guerra en Gaza, que terminará cuando las partes puedan presentar lo ocurrido como un éxito, es la violencia y los linchamientos en las ciudades mixtas en las que viven judíos y árabes israelís. El odio se quitó la careta. Hay miedo a pisar la calle. Dirigentes sensatos como Tzipi Livni alertan del peligro de una guerra civil.

Existe un conflicto no resuelto desde la creación de Israel. Su nacimiento y la guerra inmediata con sus vecinos provocó la expulsión de más de 700.000 palestinos. Lod y Ramla, dos de las ciudades que más represión sufrieron, son ahora el epicentro de la violencia intercomunitaria.

Fueron mujeres del Partido Comunista quienes frenaron el éxodo palestino en Nazaret y otras zonas de Galilea en 1948. Bloquearon las calles para impedir el paso delos vehículos. Decían, ‘quien se vaya será refugiado el resto de su vida’. Los que se quedaron y sus descendientes son los árabes-israelís. Hoy representan un 20% de la población. Viven en el norte, en el Negev y en las ciudades del centro.

Pese a tener derecho a voto y pasaporte israelí se sienten ciudadanos de segunda. Siempre fueron sospechosos. Netanyahu los calificó en alguna campaña reciente de quintacolumnistas de los palestinos de los territorios ocupados (Cisjordania y Jerusalén Este). Gaza es un asunto aparte; en la franja manda Hamás, enfrentado a Al Fatah.

Parálisis política

Se han celebrado cuatro elecciones en dos años en Israel. Nadie logra el apoyo de la mitad más uno de los 120 diputados de un Parlamento compuesto por 13 partidos. Tras fracasar de nuevo Netanyahu después de los comicios de marzo, el presidente encargó la tarea al segundo más votado, el centrista Yair Lapid. Los bombardeos sobre Gaza (una cárcel de 365 kilómetros cuadrados) hacen imposible su misión. Lapid acusa a Netanyahu de forzar la crisis para ir a unas quintas elecciones y seguir en funciones como primer ministro.

La novedad de las elecciones de marzo fue la irrupción de un partido árabe-palestino, escisión de la Lista Árabe, que logró cuatro escaños. Su líder, Mansur Abás, está dispuesto a apoyar un gobierno que recoja sus demandas. Su oferta provocó un terremoto.

Hay otro cambio en el viejo guion. Hamás, que suele limitar sus reivindicaciones a exigir el fin del bloqueo a Gaza, lanzó el lunes un ultimátum a Israel para retirar sus tropas de la Explanada de las mezquitas en Jerusalén. Cumplido el plazo lanzó un ataque con cientos de cohetes.

La vacunación masiva de los judíos dejó fuera a los palestinos de los territorios ocupados. Los árabes israelís fueron reacios, no se fiaban de Netanyahu. La juventud palestina que no vivió las dos intifadas está harta de no tener presente ni futuro.

Este es uno de los motores que alimentan las protestas; también, la ausencia de liderazgos, más allá de Mahmud Abbas. Los palestinos han perdido parte del relato en estos años de crisis económica y de trumpismo. No queda rastro de los acuerdos de paz. Países como Estados Unidos, incluso bajo la presidencia de Joe Biden, están más pendientes de China. Israel reclama el derecho a defenderse, un derecho que se niega a los palestinos de los territorios ocupados.

Giro reaccionario

Netanyahu ha roto el mapa sociopolítico en estos 11 años de primer ministro: desactivó la izquierda israelí, moviendo su país hacia la extrema derecha, y acabó con los interlocutores moderados al potenciar a Hamás. El objetivo es impedir cualquier pacto.

Perdió el sionismo socialista de los años 80 y 90 que buscaba tender puentes con los árabes; ganan los sionistas revisionistas que promueven la expulsión de los no judíos. El precio es alto: un país tensionado. El número de judíos que dejan Israel asfixiados por el ambiente es superior al de los judíos que desean emigrar a Israel.

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A los palestinos de los territorios ocupados les queda hacer caso a Edward Said, su intelectual de referencia, que propuso hace años renunciar a los dos estados y pedir en masa ser israelís; exigir un Estado democrático basado en el principio de una persona, un voto. Serían junto a los árabes-israelíes cerca del 50% de la población.

Israel vive desde su fundación bajo la amenaza exterior, una prioridad que le evita enfrentarse a la amenaza interior: las divisiones históricas entre las 12 tribus. Les recomiendo el libro Las tribus de Israel (RBA) de Ana Carbajosa. ¿Pueden vivir en el mismo país los laicos de Tel Aviv con los colonos extremistas de Hebrón y los ultra ortodoxos? La amenaza de guerra civil no es solo con los palestinos, es un todos contra todos.