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ERC y JxCat, al borde del acantilado

Los dos partidos independentistas no logran pactar y arriesgan la repetición electoral

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Eulàlia Reguant (CUP), Marta Vilalta (ERC) y Francesc de Dalmases (Junts), tras la reunión del miércoles en el Parlament que señaló una frágil tregua.

Eulàlia Reguant (CUP), Marta Vilalta (ERC) y Francesc de Dalmases (Junts), tras la reunión del miércoles en el Parlament que señaló una frágil tregua. / Ferran Nadeu

Las elecciones del 14 de febrero ya vinieron por la incapacidad de los socios independentistas –JxCat y ERC– de acordar un sucesor tras la inhabilitación de Torra. Si hubieran pactado, aún quedaba legislatura. Pero ERC y JxCat querían medirse para luego poder imponerse en la Generalitat.

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Las divisiones vienen de lejos y ya hicieron que al final del 2017 Puigdemont no anticipara elecciones y el Parlament votara una triste DUI que sabían condenada al fracaso. Desde entonces –con un líder en Waterloo y el otro en prisión–, la pugna ha aumentado y se ha producido una gran diferencia estratégica. ERC ha concluido que con solo la mitad de los votos es imposible lograr la independencia, que hay que sumar más, gobernar la Generalitat y negociar con Madrid el referéndum. Más hoy que el Gobierno Sánchez no tiene mayoría y sus 13 diputados pesan.  

Por el contrario, JxCat, que viene de la pragmática CDC, se ha radicalizado un montón. Cree que negociar desde la autonomía sería rendirse y quiere que la Generalitat vaya a una “confrontación inteligente” que permita alcanzar el “momentum” (Torra dixit) para otro fuerte choque con el Estado desde el que negociar de tú a tú o ir directos a la ruptura unilateral.

El resultado electoral fue un jarro de agua fría para ambos porque dio la victoria a Salvador Illa con 33 escaños. Pero el PSC no tiene aliados suficientes para la investidura. Máxime cuando ERC (también 33 escaños, pero menos votos) y JxCat (32 escaños) juraron en campaña –y aún mantienen– un cordón sanitario: ningún pacto con el PSC.

ERC había ganado a JxCat, sí, pero solo por un escaño. No ha logrado la preeminencia indiscutible en el independentismo, pero cree que tiene derecho a la presidencia. JxCat lo acepta de boquilla (pasó a la inversa en 2017), pero se resiste a que Puigdemont deje de tutelar al nuevo ‘president’. Torra ni ocupó el despacho presidencial.

ERC dio –sin exigir acta notarial– la presidencia del Parlament a Laura Borràs (JxCat), pero luego se encontró con dos sucesivos rechazos a Aragonès. Y al pasar los días y las duchas sucesivas de agua caliente y agua fría de Jordi Sànchez, el interlocutor de JxCat, ha llegado a la convicción de que las negociaciones se estirarían hasta el último minuto para entonces, con la amenaza de nuevas elecciones, extorsionarla al máximo. Por eso el sábado 8, después de que Jordi Sánchez dijera –ducha de agua caliente– que investirían a Aragonès aunque no hubiera acuerdo de Govern, aprovechó el traspiés e intentó con rapidez un pacto de investidura con la CUP y los comunes. Creía, ¡ingenua!, que JxCat no se atrevería a desdecirse. Pero Sànchez, vapuleado por los suyos, se autocorrigió: donde dije digo, digo Diego.

Aragonès proclama que la investidura debe ser previa al pacto de Govern pero, mal que le pese, sigue dependiendo de los votos de JxCat que dice ahora que nada de nada. ERC –quizá con buenas encuestas– se ha plantado: o Aragonès es investido y luego pactamos el Govern o… nos vemos en las urnas. Los dos se han lanzado a una carrera hacia el acantilado (la repetición electoral) esperando que el otro se acobarde y llegar entonces a un pacto favorable. Es lo que muchos observadores creen que pasará. Al final habrá pacto –veremos en qué condiciones– y Aragonès, tras ser humillado, será ‘president’.  

Pero en el independentismo, a veces, la pasión ciega a la razón y puede ocurrir que al final los dos coches se despeñen al abismo, no por ganas sino por habérseles ido la mano al querer “plumar” al otro. Ya pasó en 2017 cuando Puigdemont, que había montado una rueda de prensa para ir a elecciones y evitar el 155, dio marcha atrás tras los lloros de Marta Rovira y las acusaciones de Rufián de las 30 monedas de plata.

¿Qué acabará pasando? Queda aún más de una semana. En política, una eternidad. Pero no es una negociación al uso, sino una lucha férrea de dos aparatos por el dinero, el poder y la supremacía independentista.

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Lo lógico es que, en tiempo de descuento, logren un mal pacto que dé paso a un mal Govern con tantas divisiones internas como el anterior. Pero Waterloo dice que “no se dejarán pisotear”. También pueden caerse por el acantilado.

¿Diagnóstico? 'Fifty-fifty'.