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Por una educación basada en la evidencia

El arte de enseñar debería apoyarse en la ciencia para tomar sus decisiones

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Alumnos en clase en el colegio Germán Fernández Ramos, de Oviedo.

Alumnos en clase en el colegio Germán Fernández Ramos, de Oviedo.

A mediados del siglo XIX, practicar una flebotomía (una sangría) a un paciente para paliar casi cualquier dolencia estaba a la orden del día. Durante milenios, la medicina había empleado esta práctica de manera rutinaria y los médicos habían confiado en ella ciegamente. Su experiencia personal, en general, no les había llevado a dudar de su eficacia. De hecho, hubo médicos respetables y con gran autoridad, como Guy Patin, decano de la Facultad de Medicina de París en el siglo XVII, que la patrocinaron con vehemencia. La medicina era una práctica basada en la tradición, la autoridad y la experiencia personal, que no se sometía al escrutinio del método científico. Hasta que las cosas empezaron a cambiar.

Por ejemplo, en la década de 1830, Pierre-Charles Louis publicó los resultados del estudio que realizó sobre la eficacia de las sangrías, en el que concluía que esta práctica no resultaba beneficiosa en la inmensa mayoría de los casos. En realidad, según sus datos, en muchas ocasiones empeoraba la afección. En 1861, por citar otro ejemplo, Ignaz Semmelweis estudió el caso de dos clínicas obstétricas, en las que se daba una importante diferencia en la mortalidad de las parturientas por fiebre puerperal y apuntó a la importancia de que los médicos se lavaran las manos para atender en los partos. Estos y muchos otros logros de la investigación contribuyeron al nacimiento de la medicina basada en la evidencia científica.

Sin embargo, aunque hoy nos parezca obvia la importancia que tiene la ciencia para apoyar la práctica médica, la transición hacia una medicina informada por la evidencia requirió de varias décadas, para que sus practicantes empezaran a confiar en la información que proporcionaba la investigación científica. De hecho, muchos médicos de la época se mofaron de Louis o de Semmelweis y criticaron sus conclusiones con base en su propia experiencia personal y sus convicciones.

Es obvio que hay muchas diferencias entre la medicina y la educación, pero el paso que hace apenas un siglo dio la medicina para fundamentar mejor sus decisiones es un paso que la educación puede dar también. Hace décadas que la ciencia ha desvelado claves sobre cómo aprende nuestro cerebro, qué acciones y circunstancias son más eficaces para promover el aprendizaje, qué formas de organizar la escuela contribuyen a una mayor equidad, y un larguísimo etcétera de cuestiones que, sin duda, resultan de enorme relevancia para la educación.

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Estas evidencias proceden de disciplinas tan diversas como la psicología, la neurociencia, las didácticas varias y la sociología, entre otras, y se han obtenido tanto en los laboratorios como en las propias aulas de escuelas y universidades. Sin embargo, paradójicamente, hasta la fecha a duras penas han llegado a quien mayor provecho les podría extraer: la comunidad educativa.

Por supuesto, la ciencia no proporcionará claves para todo, ni sus propuestas serán infalibles. Tampoco lo son en el ámbito médico. Pero no hay duda de que la ciencia ha contribuido a los objetivos de la medicina de una forma sin igual, y no hay nada que nos haga dudar de su potencial para contribuir a fundamentar mejor las decisiones en el ámbito educativo. No se trata de convertir el arte de enseñar en una ciencia. La medicina no ha dejado de ser un arte, solo que es un arte que se apoya en la ciencia para tomar sus decisiones. En mi humilde opinión, así debería ser también con la educación.

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