Pros y contras

La mezquindad de Puigdemont

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Puigdemont, el pasado 24 de febrero, en el Parlamento Europeo.

Puigdemont, el pasado 24 de febrero, en el Parlamento Europeo. / Johanna Geron / Reuters

Puigdemont quería frenar la DUI, pero no soportó las presiones y dejó que Catalunya se precipitara al desastre. Un par de días más tarde animó a los suyos: “Mañana, todos a los despachos”…, y se largó a Bélgica. Ahora, en una situación social y económica de extrema gravedad, mueve los hilos desde Waterloo. Entorpece el acuerdo con ERC y consigue que Junts se desdiga de su promesa de apoyar un gobierno de Aragonès en minoría. Uno de los principales escollos en la negociación: el Consell per la República, el juguete de Puigdemont. Ese artefacto que solo se aguanta a base de palabrería, chiringuito de la impostura. Mientras, seguidores de Junts gritan ante la sede de ERC: “Junqueras, traidor, púdrete en la prisión”. Delirante.

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Al fin, seguimos paralizados y es evidente que Puigdemont tiene una parte relevante en la traba. El presidente que no tuvo el valor de defender lo que más convenía para Catalunya, el político que prefirió la carretera a asumir las responsabilidades y el hombre que se ha convertido en el altavoz de la beligerancia y el rencor. Cuesta entender su ascendencia si se atiende a su escasa aportación al bienestar de Catalunya. Un extraño premio a su mezquindad política.