Pros y contras

De coletas y cambios

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Pablo Iglesias, antes y después.

Pablo Iglesias, antes y después.

No sé hasta qué punto los líderes políticos eran conscientes de que estaban transmitiendo una imagen determinada con sus rasgos faciales, su manera de peinarse, de esculpir los filamentos de materia córnea, de tratar con sentido la pilosidad. Quiero decir si había alguien, detrás, que les aconsejaba sobre barbas, bigotes y flequillos. El amable bigote de De Gaulle, el bigote desdibujado del Che, el mostacho carnoso de Stalin, la perilla como una cuchilla de Lenin, la catedralicia barba de Marx, la permanente con laca de Thatcher, el flequillo y el bigotito ridículo de Hitler. No hablo de calvicies, como la de Gandhi, por ejemplo, porque eso no se elige, pero sí de todo lo que puedes decidir con tu imagen para que se convierta en un busto histórico.

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La coleta de Pablo Iglesias entraba en este orden. Y debe tener razón la estilista Patricia Centeno cuando cita a Coco Chanel: "Cuando una mujer se corta el cabello está a punto de cambiar su vida". Lo que a mí me fascina es el momento. Consciente de que sería una noticia simbólica, ¿qué pensaba en el instante en que las tijeras hicieron el trabajo y convirtieron el emblema –10 años después del 15-M– en un peinado convencional y con onda?