ANÁLISIS

Más allá de Koeman

Guardiola al margen, ¿puede algún técnico sacar mejor rendimiento a este grupo aun quedándose Messi?

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Laporta abraza a Koeman tras la conquista de la Copa del Rey en Sevilla.

Laporta abraza a Koeman tras la conquista de la Copa del Rey en Sevilla. / Cristina Quicler / Afp

Escribía hace unos días Boris Izaguirre que nada da más tristeza que un candidato derrotado o un palacio vacío. Llevado al Barça, nos hicimos una idea de lo que quiso decir después de las elecciones que, alegría desatada mediante, aupó a Joan Laporta y dejó a dos aspirantes cariacontecidos. También de algún modo lo vimos este martes. Ronald Koeman mostró tras el infausto partido ante el Levante la expresión de un hombre desorientado, superado por las circunstancias, incapaz de entender cómo le habían desvencijado la carroza, no solo en València, sino desde que alzara la Copa. Su candidatura a la continuidad parecía encarrilada con el trofeo copero, y ahora… Ahora se asemeja a un político al que las encuestas le han fallado estrepitosamente. Perplejo y triste.

Koeman ha parecido un entrenador provisional desde que Laporta ocupara el palacio del Camp Nou. Un candidato observado con escepticismo. Se la jugaba en cada partido importante, en particular en la final de Copa brillantemente levantada a costa del Athletic. Pero siempre surgía después una prueba más. Y otra. Y ante cada fallo se ofrecía la posibilidad de una redención: un liderato al alcance, un triunfo sobre un contrincante directo… Y nada. En los momentos decisivos el equipo le ha fallado. Su propia intuición, también. Y aquellos puntos débiles que se le adivinaban, por ejemplo reconducir un partido cuando se pone adverso y tormentoso, han emergido con crudeza en las últimas jornadas.

Dicho lo cual, el candidato Koeman ha llevado al Barça donde más o menos todo el mundo predecía a principios de temporada. Se diría que ha excedido, incluso, esas expectativas, que eran sumamente pesimistas. Conviene recordarlo. Esos malos presagios, sin embargo, no implican tolerancia con las frustraciones. De hecho, se diría que a Koeman le han perjudicado las repentinas opciones de pescar la liga. Más le habría convenido un Madrid o Atlético disparado e inalcanzable, sin margen para hinchar las ilusiones. Sin ilusiones no hay desencanto.

Preguntas complejas

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No se sabe qué pasará con el héroe de Wembley ahora. El viento de la crítica se le ha girado en contra como nunca. Falta ver qué quiere hacer y qué puede hacer Laporta. No está de más subrayar que el despido del entrenador, con un año más de contrato, implicaría un finiquito, y es evidente que en palacio los cofres están vacíos. El antecesor de Koeman aún no ha cobrado su despido, por ejemplo. La plantilla no va a poder reforzarse significativamente, salvo que se produzca una improbable carambola de operaciones de compraventa en un mercado moribundo. Dos o tres retoques a precio cero y confiar en la madurez gradual de los jóvenes impulsados por Koeman, ese parece el mapa del curso próximo.

A Laporta le toca hacerse preguntas de respuesta difícil. ¿Es el neerlandés el técnico adecuado en semejantes circunstancias? ¿Pesarán más sus incuestionables logros o la evidencia de sus limitaciones? No es su entrenador y la tentación de iniciar un proyecto nuevo es comprensible, pero el riesgo de quemar a alguien de su gusto existe. Guardiola al margen, ¿puede algún técnico sacar mejor rendimiento a este grupo aun quedándose Messi? Esa es la pregunta crucial. La cara triste de candidato derrotado puede sobrevenir a cualquiera.