Testimonio

"A veces no puedo". Un testimonio de fibromialgia

La noticia de mi vida es que haya un día que no me duela nada: tengo fibromialgia y fatiga crónica. Pero soy válida.

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"A veces no puedo". Un testimonio de fibromialgia

Soy válida, pero a veces no puedo hacer todo lo que quisiera. Hay mañanas que, cuando tengo que salir de la cama, después de una de las muchas noches en las que he dormido fatal, pienso que pasaremos el día como se pueda y que ya se acabará. La noticia de mi vida es que no haya un día que no me duela nada. Cuando no es la cabeza, es la rodilla y, sino, la maldita contractura que recorre toda la parte derecha de mi cuerpo. Pero soy válida. En el trabajo, en la vida de pareja, familiar y con mis amigos. Pero a veces no puedo y tengo que parar. Cuánto me ha costado decir esto. Tengo 45 años y hace casi una década que, tras una depresión y tras pasar por un rosario de médicos, me diagnosticaron fibromialgia y fatiga crónica. Y yo pasé. Seguí haciendo mi vida, porque ni yo misma creía en la enfermedad. Y seguí viajando, haciendo esos reportajes que a mi tanto me gustan. Mis compañeros de equipo saben que, cuando yo llegaba al hotel, me pedía un bocadillo y a la cama. No estaba para fiestas y no soy una persona triste. Pero cuando el cuerpo no te da, no te da.

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Soy curiosa y me encanta aprender y ver cosas nuevas. De ahí que siempre sea la primera que no quiera perderme ninguna entrevista de alguien interesante y acabe echando los restos. A veces no he dicho que no a muchos encargos  por miedo a que pensaran que era floja, con lo que había sido yo como periodista , que me había pateado la calle años y años. Sufría porque pensaran que ya no valía y tenía  miedo a que no me quisieran…Pero, ahora, ese miedo cada vez va quedando un poquito más atrás. A mi lo único que me importa es mantener los síntomas a raya. Porque tengo una familia con la que quiero disfrutar. Y, con una mínimas rutinas de vida saludable, puedo sobrellevarlo. Si no, se convierte en un pez que se muerde la cola. Si te duele no te mueves y, si no te mueves, te duele más. Y el dolor amarga. Mi abuela más bien diría que “arremarga”, como cuando se queman los ajos en el aceite. Y ese es un sabor muy duro. Y yo no quiero eso. Por eso, hace poco, salí del armario y dije que estaba mala, y que tenía que bajar el ritmo. Y no pasa nada, porque sigo siendo válida.