Crisis en Oriente Próximo

Cada uno a lo suyo en Palestina

En cada nuevo estallido de violencia son muchos más los elementos estructurales que se repiten, en un conflicto que arrastra décadas

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Cohetes lanzados a Israel desde el sur de la franja de Gaza.

Cohetes lanzados a Israel desde el sur de la franja de Gaza.

Por mucho que en cada nuevo estallido de violencia, como el que ahora se registra en Palestina, parezca que cabe identificar algún matiz novedoso, son muchos más los elementos estructurales que se repiten incansablemente en un conflicto que ya arrastra décadas. Así, se vuelve a constatar que:

-Israel sigue adelante en su estrategia de hechos consumados. Eso implica tanto el ejercicio diario de la violencia contra la población palestina como la incesante ocupación de Cisjordania. La noticia no es, por tanto, que haya vuelto a usar desproporcionadamente la fuerza contra civiles palestinos, presentando como “choques” lo que no deja de ser un nuevo abuso, derivado de una superioridad de fuerzas cada vez más desequilibrada en su beneficio. La verdadera noticia sería que hubiera un solo día en que eso no ocurra.

-Los principales actores de la comunidad internacional siguen instalados en el “profundamente preocupados”. Una expresión que denota su falta de voluntad para frenar a quien, con una impunidad inimaginable en cualquier otro Estado, desatiende sus obligaciones como potencia ocupante (incluyendo la marginación en la campaña de vacunación) y viola conscientemente la ley internacional y los derechos humanos.

Especial consideración merecen los países árabes, sobre todo los que acaban de reconocer a Israel, demostrando vergonzosamente su disposición para dejar abandonados a los palestinos.

-La desesperación y frustración palestina, tanto por falta de bienestar y seguridad como por ver alejarse, cada vez más, la posibilidad de tener algún día un Estado propio, se alimenta igualmente a diario como efecto de una política sistemática que incluye la limpieza étnica y que busca hacer insoportable la vida para quienes no comulguen con lo que Tel-Aviv determine. Solo falta añadirle una gota más -como la prohibición de acceso a la Ciudad Vieja durante el Ramadán, el desalojo de familias de Sheikh Jarrah o el desfile supremacista del Día de Jerusalén- para que la protesta vuelva a las calles.

Binyamin Netanyahu sigue poniendo sus intereses personales por encima de los de su pueblo. Por su parte, Hamás intenta ahora aumentar su atractivo electoral.

-Binyamin Netanyahu sigue poniendo sus intereses personales por encima de los de su pueblo. Fracasado en su intento de liderar un nuevo Gobierno y consciente de que sus rivales -Yair Lapid (líder del partido centrista Yesh Atid) y Naftali Bennett (líder del ultraderechista Yamina)- pueden tener mejor fortuna, sabe que eso no solo puede suponer el fin de su carrera política sino un enorme problema personal, con tres causas judiciales en marcha, que pueden acarrearle condenas firmes si no cuenta con el blindaje que le proporciona su posición de primer ministro. De ahí que, como en ocasiones anteriores, no haya tenido reparos en aumentar la tensión hasta el extremo, confiando en que la situación de violencia y de excepcionalidad bloquee el intento de sus rivales y le permita mantenerse en el poder a salvo de los jueces.

-Por su parte, Hamás, rompiendo una posición de apaciguamiento que ya duraba años, intenta ahora aumentar su atractivo electoral. Presentándose como defensor de Al Aqsa, busca aprovechar el notorio desprestigio de la Autoridad Palestina. Sabe que sus cohetes van a ser interceptados por Israel y que la represalia israelí va a costar más muertes de civiles en la asediada Gaza, pero el gesto le sirve para aparentar una fuerza que en realidad no tiene y para tratar de capitalizar la protesta en su favor. Un cálculo que pronto puede volverse en su contra, aunque solo sea porque no parece que Mahmud Abás esté dispuesto a someterse a las urnas.

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Y así, sin ningún proceso de paz ni de negociación en marcha, sin que la Administración de Joe Biden haya mostrado señales de querer modificar el nefasto rumbo de su predecesor (Jerusalén como capital israelí, instalación de su embajada en esa ciudad, reconocimiento de los Altos del Golán sirios como territorio israelí), conviene no olvidar que fue precisamente en la explanada de Haram al Sharif donde, en septiembre de 2000, arrancó la segunda Intifada, tras la provocadora visita del entonces jefe de la oposición, Ariel Sharon. A él le resultó rentable ese paseo, convirtiéndose en primer ministro. Pero nadie más puede decir que le haya resultado beneficioso volver a jugar con fuego tan irresponsablemente.