Mitos caídos en la pandemia

Fiebre del sábado noche

El covid ha sometido a nuestra sociedad a una dura prueba, una especie de test del ácido, que no ha superado

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Celebración del fin del estado de alarma en el paseo Lluís Companys, de Barcelona.

Celebración del fin del estado de alarma en el paseo Lluís Companys, de Barcelona.

Todos los países son esclavos de un pasado ficticio, construido a partir de fábulas y ficciones, que identifica y enfatiza aquello que les separa y eleva por encima del resto de las naciones. Es un ideal que se ha forjado a través de generaciones de historiadores, políticos, economistas, filósofos, artistas o escritores, que han aportado su grano de arena a la definición de esa excepcionalidad grupal. No es que haya nada particularmente incorrecto en ello. Esas creencias cimentan la existencia colectiva, nos vinculan al pasado y nos proyectan hacia el futuro, permitiéndonos creer que formamos parte de un proyecto que nos trasciende.

Pero estas quimeras, por más generales y necesarias que sean, no por ello son más ciertas. Y el covid, como en otros aspectos de nuestra vida en común (desde la sanidad a la economía) las ha sometido a una dura prueba, una especie de test del ácido, que no han superado: la propagación de la pandemia, y sus impactos individuales y colectivos, ha destruido buena parte del velo que escondía nuestra naturaleza, cuestionando los mitos en los que aquella se basa. Veamos algunos de ellos.

Primero. Papel nuclear de la familia en las sociedades del sur europeo. Esta ha sido una ficción hecha añicos por la insólita indiferencia con la que nuestra sociedad contempló la carnicería (no hay otra forma de calificarla) que afectó a miles de personas mayores viviendo en residencias, el pasado año: por tratarse de viejos, y en muchos casos, pobres, no pareció que lo que sucedía fuera particularmente relevante. Uno se sonroja todavía al releer las excusas de los comités de bioética o de sanidad para justificar lo que simplemente era injustificable: que se les dejaba morir, sin las atenciones adecuadas, porque la sanidad había colapsado.

Segundo. Solidaridad mediterránea. Forma parte de nuestra autoestima que tenemos mayor empatía con el sufrimiento ajeno que la que se prodiga en otros rincones de Europa. Otro mito que el covid ha deshecho: las excepcionales medidas de restricción adoptadas lo han sido, justamente, por la ausencia de solidaridad colectiva.

Este fin de semana hemos tenido un ejemplo de esta conducta anarco-liberal: riadas de jóvenes festejando el fin de la pandemia (¿?), impermeables a sus severos efectos sobre sus mayores

Tercero. Bondad de la pulsión antigubernamental. Es bien conocido que somos una sociedad que no tolera el 'diktat' de los gobiernos y que, en un amplio sentido, este es un sentimiento positivo: parece ingenuo aceptar acríticamente lo que viene de arriba. Lastimosamente, esta pulsión libertaria tiene una cara oscura, que tan bien resumió Luis de Góngora (1689) con aquello de ande yo caliente y ríase la gente. Se trata de un anarco-liberalismo que, en la pandemia, ha encontrado amplio soporte de intelectuales y opinadores, confirmando los peores presagios del porqué de la evasión fiscal y comportamientos similares. Y este pasado fin de semana hemos tenido un ejemplo paradigmático de esta conducta: riadas de jóvenes, y no tan jóvenes, festejando el fin de la pandemia (¿?), impermeables a sus severos efectos sobre sus mayores. Y si una parte se ha comportado así es porque el clima social lo ha visto con simpatía o, incluso, lo ha estimulado. Parecería que el toque de queda se hubiera impuesto para fastidiar y que, con su finalización, se ha recuperado, ay Dios, ¡la libertad!

Que en Madrid haya ganado esta tesis, y que esta consigna emergiera el sábado en las explosiones de júbilo urbano, desnuda todos nuestros mitos sureños: familia, solidaridad, liberalismo, y los sustituye por una amarga verdad que no es del agrado de nadie, la de un más que rampante egoísmo. Como en todas partes, ni somos diferentes ni somos mejores. Por ello, cuando el covid arrasa, la imagen que de nuestra sociedad nos devuelve el espejo no nos gusta. Somos así.

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Y en lo tocante al nada edificante espectáculo del pasado sábado creo que, como ya sucedió el pasado verano, al finalizar el confinamiento, el Gobierno se ha equivocado otra vez: suprimir el toque de queda de golpe, sin ninguna medida que suavizara el retorno a una cierta normalidad, anticipa problemas. Y aunque es cierto que los gobiernos de las CCAA tienen instrumentos, también lo es que su capacidad para resistir presiones es menor.

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La pasada semana, Gran Bretaña colocaba a España entre los destinos turísticos a evitar, exigiendo cuarentena a sus nacionales al regresar, si es que antes nos han visitado. Un preámbulo un tanto agorero, para la fiebre del sábado noche. Temo que, una vez más, el verano (el turístico, se entiende), se nos vaya al garete. Si es así, será por la recuperación de la libertad. ¡Dios mío! Vaya país.