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El efecto bumerán

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Isabel Díaz Ayuso, tras conocer su victoria, el pasado martes.

Isabel Díaz Ayuso, tras conocer su victoria, el pasado martes. / Susana Vera / Reuters

Sabíamos que iba a pasar. Nos lo habían advertido. Pese a ello, hasta el último momento, había quien mantenía la esperanza de que la Comunidad de Madrid sería gobernada por una coalición de izquierda. ¿Cómo puede ser, se preguntan muchos hoy, que el PP haya conseguido 65 diputados en la Asamblea de Madrid y Vox, 13? ¿Son gilipollas los madrileños, son ignorantes, son alcohólicos?, se interrogan –con esas mismas palabras y calificativos– algunos próceres políticos y algunos sesudos comentaristas, en sus perfiles de redes sociales. 

Pues precisamente por eso. Por lo que les está llamando usted. Me llaman fascista a mí porque anuncié que me abstendría. No votamos llevados por una cuestión racional. No leemos los programas, precisamente porque sabemos que los candidatos no los cumplen. Lo hacemos movidos por la persuasión.

En 1934, Hollywood protagonizó una campaña de desinformación y propaganda política. Para combatir al candidato socialista Upton Sinclair en las elecciones a gobernador de California, se rodaron entrevistas a trabajadores y a gente de la calle. En realidad, eran actores interpretando un papel. En el 52, Eisenhower, que se consideraba impresidenciable, contrató a una agencia de relaciones públicas para su campaña. Y ganó. Desde entonces, los candidatos no hablan de programas, recurren a la comunicación persuasiva.

"Desde Eisenhower, los candidatos no hablan de programas, recurren a la comunicación persuasiva"

El problema de apelar a la emoción es que se puede volver en tu contra. Piensen, por ejemplo, en las elecciones que ganó Trump en una campaña en la que se le llamó de todo, desde racista a misógino pasando, cómo no, por fascista. Contra todo pronóstico, Trump ganó las elecciones, y no fue a pesar de lo que dijeran de él, sino por lo que dijeron. Es lo que se conoce como 'efecto bumerán'.

La socióloga Deborah Lupton lo explica bien: si utilizas el nosotros contra ellos y señalas a los demás como los culpables (el que no se pone la mascarilla y nos contagia a todos, el que no usa el cinturón y pone en peligro la seguridad vial, el que vota a la derecha y pone en peligro al país…), el señalado se va a indignar, y va a mover tu fuerza, pero en sentido contrario. ¿No me dejas ir de bares porque dices que soy un irresponsable? Pues organizo un fiestón a puerta cerrada, y sin mascarilla. ¿No me dejas votar a este partido porque me llamas fascista? Pues muevo a todos mis contactos para que voten precisamente a este partido. ¿Me vas a decir a mí lo que debo o no debo hacer?

"En pandemia, un mensaje que se presente como 'resistente' apela directamente al corazón de la población"

Además, en tiempos de pandemia, un mensaje que se presente como 'resistente' apela directamente al corazón de la población: nos llaman fascistas, reclaman un cordón sanitario, nos tiran piedras, pero seguimos adelante, resistimos. Y es fácil en estos tiempos identificarse con el 'outsider', con el marginado, con el discriminado, con el que resiste como puede. 

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Pero ese mensaje no lo puedes lanzar desde el poder. Es lo que le pasó a Trump: no ganó las segundas elecciones a las que se presentó porque ya era presidente, y no podía presentarse como el 'outsider'. De la misma manera, no es lo mismo decir que te han arrojado piedras en la vía pública a que te han enviado una carta al ministerio cuando el contribuyente te está pagando los escoltas.  

Es triste que yo tenga que acabar el artículo explicando que no soy votante –ni simpatizante– de Vox ni del PP, pero sé que si no lo aclaro, se me puede señalar a mí también. Espero que les haya hecho reflexionar sobre por qué si me señalan, si me llaman facha, solo conseguirán que mi popularidad crezca como la espuma.