Clases online

Universidad sin chispas

Instituciones presenciales, como la universidad, se harán un favor si no descuidan las relaciones humanas de calidad

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Universitarios de la facultad de Ciències Econòmiques i Empresarials de la UB

Universitarios de la facultad de Ciències Econòmiques i Empresarials de la UB

En mi pequeño despacho de casa hablo a la pantalla del ordenador. No veo ninguna cara, pero aparecen los nombres de unos treinta estudiantes aparentemente conectados. Pregunto a la pantalla si se ha entendido un ejemplo que acabo de explicar. Silencio. Continúo hablando un rato más. Vuelvo a preguntar si necesitan alguna aclaración. Silencio de nuevo. Acaba la clase y me despido. Algunos estudiantes se despiden, también, por el chat. Y, con gusto agridulce, pienso que ya veré el resultado en las encuestas finales. Entro en la habitación del lado de mi despacho y encuentro a mi hijo tumbado en la cama, jugando con el móvil. Desde su ordenador se escuchan las explicaciones de su profesora de inglés. Le pregunto: ¿no tienes clase? y me contesta: sí, la escucho desde aquí. Ahora la sensación ya solamente es agria.

Los años universitarios suelen recordarse con felicidad. Suponen una gran apertura a personas nuevas y diversas, pero con intereses similares. Un laboratorio en el que se entrenan los primeros años de adultez, donde se forja una red de relaciones que pueden servir de apoyo durante la vida profesional y, con suerte, también algunas de las pocas relaciones verdaderas y significativas que tendremos a lo largo de nuestra vida; nada que ver con las mil 'amistades' virtuales y superficiales de las redes sociales. Como alguien me dijo una vez, a esta edad la universidad es una mezcla de hormonas y reto intelectual. Se aprende y se olvida, pero si la institución hace bien su función, se instala una manera de entender e interpretar la realidad en nuestro cerebro que es relevante para la sociedad y asociada a nuestra profesión.

Pero la situación ahora es que los estudiantes que cursan primer y segundo curso han disfrutado de mucha menos interacción con sus compañeros y compañeras de promoción. Y los que se graduaron hace un año vieron cancelados sus intercambios internacionales o sus prácticas en empresas. Los conocimientos se han continuado transmitiendo, pero de forma más aséptica y fría; incluso las experiencias internacionales se han sustituido por clases 'online'. Nos faltan las chispas universitarias, las que se producen en la interacción humana, tanto en los encuentros como en los desencuentros y que ayudan a definir nuestra identidad. Tenemos estudiantes aprobando, pero tristes, deprimidos, y ansiosos. Y, aquellos que se encuentran bien en la soledad delante del ordenador, quizás no están adquiriendo las competencias necesarias para poder trabajar en grupo.

Se entiende que las clases 'online' han sido un mal necesario e imprescindible para frenar la pandemia. La universidad genera mucha movilidad y algunas clases pueden llegar a un centenar de personas, siendo imposible mantener la distancia de seguridad. Además, puedo constatar que, a pesar de organizar grupos pequeños en espacios grandes, una vez fuera del aula es muy difícil poder garantizar la distancia de seguridad entre jóvenes.

La pandemia ha acelerado cambios que hubieran tardado unos años más en producirse y en el futuro se dibuja una universidad con formatos híbridos.

Como en otros sectores, la pandemia ha acelerado cambios que hubieran tardado unos años más en producirse y en el futuro se dibuja una universidad con formatos híbridos, que incorpora tecnología y favorece una reducción de horas en el aula. Pero aquellas instituciones que todavía se definan como presenciales se harán un favor si no descuidan las oportunidades de generar relaciones humanas de calidad. Si, hasta ahora, estas relaciones se generaban como un subproducto, a través de campanas en el bar por el cansancio de tantas horas de clase, se deberán forjar de otras maneras; por ejemplo, con experiencias de aprendizaje integradoras y motivadoras que promuevan retos en grupo. En una universidad utópica, esta institución quizás se convierta en el lugar donde las personas puedan redescubrir el placer de un ritmo de vida más lento, de la nutrición emocional y mental que se genera con diálogos profesionales presenciales, de restaurar la capacidad de atención –tan fragmentada actualmente– y de disfrutar del tipo de concentración que se requiere para generar conocimientos de valor que hagan avanzar la sociedad.

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