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Joe Biden, el rojo

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El presidente de EEUU, Joe Biden, durante su anuncio de las nuevas medidas ejecutivas para mejorar el control de las armas.

El presidente de EEUU, Joe Biden, durante su anuncio de las nuevas medidas ejecutivas para mejorar el control de las armas. / BRENDAN SMIALOWSKI (AFP)

¿Se ha vuelto comunista el presidente de EEUU, Joe Biden, ahora que en Madrid hay libertad? Quién lo iba a decir de un hombre casi octogenario, que lleva 40 años en la política, defensor del sistema, creyente de las bondades del libre mercado y del beneficio de las empresas sin formular demasiadas preguntas? No es que apoye la suspensión temporal de las patentes de las vacunas contra el covid es que también pretende subir los impuestos a los que ganan más de 400.000 dólares al año, es decir, a los muy ricos. Y está empeñado en que Google, Amazon, Apple, Facebook y otros grandes de la revolución tecnológica paguen las tasas estatales que esquivan. Su revolución fiscal incluye la creación de una tarifa mundial para multinacionales que ayude a paliar el impacto causado por la pandemia, una idea que comparten las principales instituciones económicas.

Ya se escuchan voces escandalizadas ante la anunciada liberación de las patentes (que será lenta y compleja), entre ellas las de las farmacéuticas que crearon las vacunas, tan poderosas como lo fueron en su día las tabacaleras y las petroleras que defendieron su negocio por encima de la salud y del medio ambiente. Habría que recordar que los Estados invirtieron 90.000 millones de euros en la investigación y en el desarrollo de estas vacunas. ¿Está contemplado devolverlos con los beneficios? ¿Se descontarán de las compensaciones? Esta liberación era un clamor desde hace meses, la única manera de luchar contra el covid a escala planetaria. La India ha sido el detonante, la demostración de que un solo país se puede convertir en un vivero de variantes y echar por tierra el trabajo de un año.

Han pasado solo tres meses y medio desde la toma de posesión de Biden y parece que vivimos en un mundo nuevo, aunque aún no sabemos si es anterior o posterior al trumpismo. Ha elevado la cuota de refugiados, término difuso que podría incluir a los migrantes que luchan por entrar en EEUU. Esta mano de obra barata e indocumentada, que necesita el país para funcionar, fueron el campo de batalla de Trump, como lo son los menores no acompañados (MENA) en España. El odio siempre escoge a los más débiles, a los que carecen de voz.

El desliz de un veterano

La política exterior de Biden ha regresado al cauce atlantista y a la belicosidad contra Vladímir Putin, al que calificó de asesino en una entrevista, un desliz impropio de un hombre de tanta experiencia. ¿Es el presidente ruso más criminal que algunos de los aliados de EEUU en Oriente Próximo? Con Biden, su país retornó al Acuerdo de París sobre cambio climático. Su Gobierno ha colocado este asunto en el centro de sus deberes y se ha comprometido a recortar en diez años sus emisiones de CO2 y a impulsar el coche eléctrico.

Esta vuelta triunfal a los tiempos de Obama incluye la reactivación del pacto nuclear con Irán, demolido por Trump y Netanyahu. Pero no será fácil, también hay señales de que el futuro se ha instalado en el presente. China dejó de ser una amenaza difusa con la que chocarían en 2050, según las previsiones de la CIA hace 20 años. Ya ha reemplazado a Rusia como segunda superpotencia mundial, y pronto estará en condiciones de tutear a EEUU en el terreno militar. 

Trump parece parte de un pasado remotísimo, una pesadilla de la que al despertar no estamos seguros de haber soñado. No deberíamos engañarnos. Sigue ahí, rumiando su venganza que se producirá en las legislativas de 2022 y, tal vez, en las presidenciales de 2024. 

Los republicanos están atrancados en el mito de las elecciones robadas en Georgia y Arizona. La caída de una de sus dirigentes nacionales, una de las pocas que permaneció fiel a los hechos y a la Constitución, Liz Cheney -hija del secretario de Defensa que se inventó las razones para invadir Irak-, demuestra que el trumpismo no perdona traiciones ni matices.

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Biden tiene el camino expedito hasta noviembre de 2022, fecha en la que los demócratas podrían perder el control de una o de las dos Cámaras que forman el Legislativo, la de los Representantes que se renueva en su totalidad y la del Senado (un tercio). También hay elecciones estatales que serán claves en el control del escrutinio de 2024. 

El presidente tiene prisa por asentar su agenda. Sabe que mandará la economía. Necesita un gran crecimiento y una cierta prosperidad en la salida de la pandemia. Es una batalla psicológica en la que son esenciales las percepciones, que la gente perciba que hay esperanza. Si salva la amenaza del 2022 ,dispondrá de dos años más para enterrar el ciclo trumpista. Sean pesimistas.