Xenofobia

El intruso en un mar radioactivo

El islam y la identidad de género son dianas predilectas de la ultraderecha y fuentes de conflicto en la izquierda

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Manifestación de la plataforma trans a las puertas del Congreso.

Manifestación de la plataforma trans a las puertas del Congreso.

Sus rasgos varían. Su lengua, su cuerpo, su cultura. No hay un intruso que haya perdurado en la historia. Porque cada pueblo, cada hogar, incluso cada persona tienen su intruso. Es aquel que es observado como ajeno. Aquel que produce miedo, incomprensión o desprecio. Incluso si está desvalido. Quizá precisamente por eso. Porque no tiene poder y se teme que acabe exigiéndolo, ejerciéndolo… y que todo cambie. 

La aversión al intruso a veces levanta tsunamis destructores y se cubre de símbolos y uniformes. El odio se desboca, las calles destilan sangre y el aire, cenizas. Hasta que, un día, la humanidad se reconoce horrorizada y se emplaza a recuperar la cordura. Entonces, los discursos en pro de la fraternidad se renuevan y las diferencias se exaltan como ganancia y no como estorbos. Son días de aguas plácidas, de curiosidad por lo desconocido, de palabras bellas y ansia de entendimiento.  

Los centinelas que advierten del intruso nunca descansan. ¡A por el judío! ¡A por el mena! ¡A por los vagos!

Pero los centinelas que advierten del intruso nunca descansan. A veces, susurran. Otras, gritan. ¡A por el judío! ¡A por el mena! ¡A por los vagos!... Son tantos, los intrusos. El racista cierra la puerta a otros colores de piel. El machista aparta a la mujer de las butacas del de poder. El que utiliza los cubiertos desprecia al que come con los dedos. El que pretende el control de los cuerpos ultraja a quien necesita otro pronombre personal que lo defina.  

La aversión al diferente cambia, sigue el curso de los tiempos. De la economía, de la sociología, de la psicología… Se adapta a los movimientos sociales del momento. Gota a gota, irrita las calles y difumina los rostros de los intrusos hasta convertirlos en una masa informe, capaz de contener todos los males del mundo.  

Si los delitos de unos pocos sirvieran para estigmatizar a un colectivo entero, las mujeres deberíamos condenar a todos los hombres de la humanidad. Por asesinos, por violadores, por maltratadores, por despreciables. Todos los crímenes posibles se han cometido contra las mujeres. Hemos sido botín de guerra y esclavas en los hogares. Aun así, pensar en un castigo colectivo sería absurdo… Pese a ello, reiteramos esa absurdidad una y otra vez. 

La tecnología avanza, pero la capacidad para gestionar sociedades complejas y plurales nos sitúa continuamente en la casilla de salida. Como un líquido corrosivo, el discurso contra el intruso altera la sociedad. No solo se filtra en la derecha. Los conflictos de identidad, de diversas identidades, también intoxican a la izquierda.  

El islam y la identidad de género son dos de las dianas predilectas de la ultraderecha. Hoy, ambas se plantean como fuentes de conflicto en la izquierda. El debate se ha simplificado y ha perdido voluntad de reconciliación. La polémica surgida a raíz de la ‘Ley Trans’ es hiriente y ha acabado enfrentando al movimiento feminista justo cuando más fuerza tenía. Duele encontrar, en el entorno socialista, algunos discursos que empañan y traicionan su propia lucha, cuando ha sabido ser refugio y fortaleza de todas las personas perseguidas por su identidad de género y orientación sexual.  

En el abordaje de ambos asuntos hay una supuesta defensa de la mujer que, a veces, deviene instrumentalización. Cuando se alerta del peligro del ‘borrado de las mujeres’ ante la conquista de nuevos derechos trans o de la amenaza que supone el islam para la libertad femenina (¿qué religión no hunde sus cimientos en el patriarcado?) se transita por un camino resbaladizo. Las posibilidades de estigmatización de colectivos son elevadas.  La izquierda no está sabiendo encontrar un equilibrio entre las voces discrepantes, tampoco ensamblar voluntades ni apuntar soluciones. Solo se está debilitando. Y quizá no es casual.  

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La ultraderecha ha invertido muchas energías en presentar como amenaza todo aquello que escapa de lo biológico y que representa un ataque a la familia tradicional y a la cultura occidental. Además, la izquierda no deja de ser víctima de sus propias contradicciones. El discurso xenófobo no se combate convirtiendo a migrantes en ciudadanos de segunda ni condenándolos a un limbo legal. Las asignaturas pendientes de la izquierda puntúan para la ultraderecha. Y así, poco a poco, las aguas se van tornando radioactivas.