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Sin el lenguaje inclusivo, muchas vidas desaparecen de las leyes y las normas sociales

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El nombre hace la cosa, siempre se ha dicho. Cuando la cosa ha sido considerada femenina, no ha habido nombre para que no existiera. El sistema ha dedicado mucha energía y muchos esfuerzos a tapar todo aquello que no le interesaba, y lo que no le interesaba ya se sabe qué es: las mujeres en primer lugar, pero también todos aquellos grupos sociales, todas las identidades, todas las construcciones y todos los relatos que no respondían a la visión hegemónica del mundo. El universo se ha construido alrededor de una idea perfecta, universal, redonda, completa: la del hombre cishetero, blanco, de clase alta, con papeles, de mediana edad, sin discapacidades. Esta identidad pulcra e independiente es una minoría mundial, pero es la minoría que manda.

Por eso en el siglo XXI, el lenguaje es un aliado para todas aquellas identidades, relatos y grupos sociales que no respondemos a este arquetipo central de nuestra sociedad. Por eso es importante que pongamos nombre a la cosa, para hacerla evidente, para hacerla presente y visible, para generar un nuevo marco de relaciones que contemple todas las disidencias y diversidades.

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El lenguaje inclusivo no es un debate filosófico, teórico e intelectual. O no solo. Cuando queremos ser ‘presidentas’ y no ‘señora presidente’, no es un capricho. Cuando queremos desdoblar, no lo hacemos por cuestiones normativas y la economía del lenguaje pasa a un segundo plano. Cuando hablamos de progenitores, en lugar de padre y madre, es para visibilizar que el relato de la familia nuclear ha muerto. Cuando hablamos de cónyuge es para evidenciar que la normatividad heterosexual no es tan natural como nos han querido dar a entender. Y cuando hablamos de personas, en lugar de hablar de hombres y mujeres, lo hacemos para reconocer las realidades, vivencias, identidades y experiencias de todo el mundo.

El lenguaje hace aflorar derechos. Explora la esfera privada, oscura y marginal y la redirige hacia el centro, la esfera pública, el ágora, la vida. No es un capricho, señoras y señores, el lenguaje inclusivo. Es un derecho que tenemos todos: el derecho a ser nombrados. Sin nombre, no hay cosa. Y sin el lenguaje inclusivo, muchas vidas desaparecen de las leyes y las normas sociales. No es un debate filosófico, sino de supervivencia.

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