Pros y contras

El iceberg de las violencias escolares

El profesorado está indefenso ante situaciones extremas y cotidianas agresividades de baja intensidad

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Agentes de los Mossos salen del instituto de Vidreres, donde tuvo lugar la agresión.

Agentes de los Mossos salen del instituto de Vidreres, donde tuvo lugar la agresión. / Acn

Es uno de los episodios más opacos de nuestra realidad. Solo hablamos de él cuando una agresión se convierte en noticia de portada, como ocurrió hace unos días en Vidreres cuando un chico de 15 años agredió a su profesora con un cuchillo y le provocó graves heridas en el cuello. Este grado de violencia es, por supuesto, excepcional, pero es la punta de un iceberg (que vive y se desplaza y se agranda) en muchos centros educativos del país. No existe una maldad innata, eso no, pero las escuelas y los institutos, que son un espacio de socialización y una posibilidad de redención para muchos alumnos, también se convierten en el escenario donde se desarrollan conductas que nacen de la pobreza y la desesperación, de la falta de futuro y de un presente desolador.

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Esto es así, y el profesorado lo sufre en primera persona: intenta comprender la desazón del alumno (y actúa, muy a menudo, más allá de la estricta responsabilidad pedagógica) y está indefenso ante situaciones extremas y cotidianas agresividades de baja intensidad. Nos llenamos la boca hablando de la educación como un tesoro. Nos olvidamos, con demasiada frecuencia, de los que bajan a la mina cada día para picar la piedra donde se esconde.