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Librerías con buen fondo

Una librería de Nueva York aprovecha las visitas de sus clientes más o menos conocidos para pedirles que enseñen a cámara los libros que se llevan

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Librería Strand de Nueva York.

Librería Strand de Nueva York. / Isabel Sucunza

Hace tiempo me hablaban de una librería de Nueva York que aprovechaba las visitas de sus clientes más o menos conocidos (escritores, músicos, actores…) para pedirles, en el momento en que pasaban por caja, que enseñaran a cámara y comentaran los libros que se llevaban. Los vídeos resultantes acababan colgados en la web de la tienda, desde donde servían de gancho por partida doble: los protagonistas hacían buena publicidad de títulos concretos por un lado y, por otro, de la misma librería: cada cara conocida contaba con seguidores que querrían leer lo mismo que ellos leían e ir a comprar a un sitio donde, a lo mejor, acabarían encontrándoselos en persona.

La idea era buena. La ejecución es sencillísima (un móvil es suficiente para grabar un par de minutos de vídeo) y el esfuerzo mínimo (no hace falta personal extra ni mucho más tiempo de dedicación que el que se tarda en hacer efectiva la venta y el rato posterior de subir el contenido a las redes o a la página web). Pensé, incluso, en copiarla para la librería en la que trabajo, cosa que habría hecho si no me hubiera venido a la cabeza en seguida lo alerta que me pondría cada vez que alguien relativamente conocido entrara por la puerta, pensando en cómo se lo pediría y en si no le pondría en el compromiso de tener que decirme que no.

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Nunca acabé de ponerme a ello. Lo que sí que hago, y apuesto a que no soy la única, es quedarme con la información que me proporciona la visita de clientes que, por profesión, sé que saben más que yo de según qué géneros, qué temas, qué autores... Si un día entra, por ejemplo, una editora de quien admiro el catálogo, me fijo en los títulos que venía a buscar; si pasa un traductor de aquellos con carrera, miro por qué versión de qué libro se acaba por decidir; si aparece una autora de teatro, voy a encargarle a la distribuidora los libros que buscaba pero que no ha encontrado.

De esta manera es como se acaba de redondear el fondo de una librería. Aunque, también es verdad, el fondo siempre es una cosa que nunca se acaba de completar.