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La hipérbole de Madrid

La 'voxificación' de la campaña no ha sido única y exclusivamente mérito de Vox

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Isabel Díaz Ayuso, a punto de empezar la entrevista con este diario, el pasado 16 de abril.

Isabel Díaz Ayuso, a punto de empezar la entrevista con este diario, el pasado 16 de abril. / José Luis Roca

La campaña madrileña ha sido principalmente un ejercicio de exageración. Un breviario de consignas hiperbólicas y por tanto alejadas de la realidad que supuestamente aspiraban a retratar.

A pesar de lo que se ha dicho y se ha escrito los madrileños no escogen en estas elecciones entre libertad y socialismo, como ha pretendido hacer creer Isabel Díaz Ayuso. Tampoco entre democracia y fascismo, como ha vociferado Pablo Iglesias. Y menos aún, cuando sepamos el escrutinio e independientemente de cuáles sean los resultados, estaremos ante el principio del fin de la democracia, como ha querido advertir el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con un dramatismo exagerado fronterizo con la ridiculez.

La narrativa de campaña ha sido un vergonzante ejercicio dialéctico de vuelta a 1936. Hasta tal punto ha sido así que algunos días nos hubiese parecido hasta normal que cualquier crónica de campaña hubiese llegado a nuestras manos firmada por un resucitado Manuel Chaves Nogales desde la lejanía de esos tiempos oscuros.

Hemos vivido un teatro del absurdo. Pero un teatro por desgracia casi inevitable. Por dos motivos, principalmente. Uno tiene carácter estructural y responde a la manera de hacer política que viene imponiéndose desde hace unos años y que marca el terreno de juego con las líneas de la lógica divisiva que acompaña siempre al populismo, sea este de tonos azulados o rojizos.  

El otro motivo es coyuntural. Se resume en que los comicios madrileños son la consecuencia del tacticismo electoral más descarnado. Siempre hay táctica en una convocatoria electoral pero Madrid ha hecho saltar la banca.

Recuerden que todo empezó con la maniobra monclovita de dinamitar el poder autonómico de los populares a través de mociones de censura con el apoyo de Cs que finalmente no llegaron a ninguna parte. Isabel Díaz Ayuso, con el apoyo de las encuestas, disolvió la asamblea de Madrid y convocó elecciones para evitar perder el gobierno por la puerta de atrás.

Si el movimiento inicial de los socialistas pretendía el descabello del PP para dificultarle la capacidad de convertirse en una alternativa real al Gobierno de Pedro Sánchez, la reacción de Ayuso servía para situar definitivamente las elecciones madrileñas como un plebiscito sobre la alianza monclovita PSOE-Unidas Podemos. Y eso exige tensión. Y eso es lo que ha habido. No lo ha conseguido Ayuso en solitario. La espantada de Pablo Iglesias, abandonando a la francesa el Gobierno de España para encabezar la lista de Unidas Podemos enarbolando la pancarta del 'No pasarán' era el acelerador de partículas que faltaba.

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Consolidado ese marco mental era inevitable que la campaña resultase agria y finalmente vergonzante. Lo que se defiende en estas elecciones no es la Asamblea de Madrid, es también la solidez del Gobierno de España. Eso son palabras mayores. Y eso explica que, bien para atacarlo, bien para defenderlo, se decidiese utilizar toda la artillería, hasta convertir Madrid en el cenagal político que ha sido durante unos meses.

Sobre el papel de la ultraderecha no habría nada que comentar en la medida que hace exactamente lo que se espera de ella y ya es conocido. Pero más que su existencia, y la influencia -por fortuna aún minoritaria- que pueda tener en los gobiernos que con sus votos apuntala, resulta todavía más preocupante que el resto de los partidos vayan clonando su estilo divisivo, que es lo que acaba gangrenando una sociedad. Y eso es lo que también se ha visto claramente en Madrid: que la 'voxificación' de la campaña no ha sido única y exclusivamente mérito de Vox.