Elecciones en Madrid

Lecciones de una campaña bronca

La jarana azuza el miedo y el miedo es siempre, o casi siempre, un arma de la derecha

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Cartel con una mezcla de las caras de Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso, obra de Jesús Hdez-Güero, en el barrio de Lavapies.

Cartel con una mezcla de las caras de Pablo Iglesias e Isabel Díaz Ayuso, obra de Jesús Hdez-Güero, en el barrio de Lavapies. / José Luis Roca

Si hacemos caso a las encuestas, la primera de las lecciones del fango que ha embarrado la campaña electoral madrileña es que la bronca beneficia a la derecha. No es ninguna novedad. La derecha tiene casi siempre las de ganar con la polarización. Y sí al cóctel de los descalificativos se añaden incidentes, fortuitos o provocados, debates cancelados, enfrentamientos callejeros y sobres con amenazas de muerte, la victoria de la derecha esta servida. Da lo mismo quien haya roto las reglas del juego. La jarana azuza el miedo y el miedo es siempre, o casi siempre, un arma de la derecha. 

Se equivocó Pablo Iglesias en creer que el temor a una llegada de los fascistas al poder iba a movilizar más que el pavor a que viene el coco. En una comunidad donde la derecha lleva más de dos décadas en el Gobierno, y tras una pandemia que ha restringido las libertades de los ciudadanos, "Libertad o comunismo" tiene más gancho electoral que "Democracia o fascismo". Miguel Ángel Rodríguez lo percibió enseguida, y la izquierda entró al trapo. Pocos creen, entre el electorado conservador, que un gobierno liderado por Ángel Gabilondo fuera a traer el comunismo a la Comunidad de Madrid. Qué más da. A la derecha le basta con que muchos electores piensen que la izquierda subirá los impuestos y cerrará los bares. Tampoco tenia mucho recorrido la advertencia de que el fascismo está a punto de llegar al poder, porque Isabel Díaz Ayuso necesite los votos de Vox. ¿Es fascista la Junta de Andalucía? Ambos eslóganes se han autoalimentado en beneficio de la polarización y le han dado dejado en bandeja a Ayuso una causa que solía ser patrimonio de la izquierda.

Creo que Iván Redondo era consciente de la necesidad de huir de esta trampa. De ahí la campaña de Gabilondo como un candidato moderado, que buscaba pescar entre votantes de Ciudadanos desorientados. Al estilo de Salvador Illa en Catalunya. Era una estrategia arriesgada porqué la mayoría de estos votantes proceden del caladero popular, pero bastaba con que un 10 o un 15% cambiara de bloque para ponerle la mayoría difícil a Ayuso. Nunca sabremos si hubiese sido posible, pero sí sabemos que la campaña de un PSOE presentado como una 'miterrandiana' fuerza tranquila se vino abajo el día en que Iglesias se lanzó al ruedo madrileño a combatir el fascismo. El líder de Podemos justificó su decisión con una propuesta tan ingenua como inoperante: mientras Gabilondo se dirigirá a los votantes moderados de Madrid, yo jugaré la carta antifascista en los barrios proletarios del sur de la Comunidad. Como si moderación y radicalidad fueran a sumar en vez de restar. A partir de aquel momento, Ayuso experimentó una transformación sorprendente, se creció en su regionalismo castizo y llevó el populismo a extremos propios de Donald Trump.

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Iván Redondo no tuvo más remedio que dar un giro de 180 grados a la campaña. Del "Con Iglesias, no", Gabilondo pasó al "Pablo, tenemos doce días". La estupefacción de los votantes del PSOE se dejó sentir en las encuestas, sin beneficiar a Podemos. Llegó el momento de Mónica García, que se creció como candidata y se benefició de los vaivenes del PSOE y de la irrupción de Iglesias. Mientras frentismo y moderación no suman, sí suman el populismo conservador de Ayuso y el ‘lepenismo’ xenófobo y desabrido de Rocio Monasterio. Le basta a Ayuso mantener cierta ambigüedad formal sobre los pactos del día después y aprovechar los exabruptos de VOX para barrer para su candidatura. El problema para la izquierda es que no estamos en los años 30 y que el techo del 10% de votos que tiene Vox pone límites a la movilización del voto antifascista. La consecuencia de la lógica de bloques, que la izquierda no ha sabido o no ha podido atajar, ha sido la marginación de la crítica a la nefasta gestión de la pandemia que ha hecho Ayuso, y del debate sobre las desigualdades sociales que padece Madrid. Presa de un discurso sobre el peligro fascista, la izquierda se ha quedado sin un plan alternativo al descarnado liberalismo del PP y a la concepción que tiene Ayuso de Madrid como una Comunidad extractiva, insolidaria, que pretende ser España para beneficiarse mejor de su capitalidad.