La crisis climática

Saber para hacer

Los próximos cinco años serán los decisivos para que nuestros hijos y nietos vivan sin preguntarse: cómo no hicieron nada

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Vista de la planta térmica de carbón en Bitola, Macedonia.

Vista de la planta térmica de carbón en Bitola, Macedonia. / EFE / GEORGI LICOVSKI

‘Saber y pagar’ es como podríamos empezar a nombrar las cumbres políticas sobre el clima, parafraseando el popular concurso de televisión. Desde luego, saber, a estas alturas, no hay duda de que sabemos. El aumento de concentración de gases invernadero en la atmósfera desde 1950, esto es, en el lapso de una vida humana, está fuera de duda. El impacto de ese cambio sobre la termodinámica del clima terrestre, también. Y la responsabilidad moral de las generaciones en plena actividad profesional, respecto a los más jóvenes, es imposible de eludir, gracias a activistas como Greta Thunberg, que en un foro reciente, por cierto, ironizaba sobre la charlatanería en estos asuntos, en un mensaje a sus seguidores: “En directo desde la One Planet Summit: bla, bla, la naturaleza, bla, bla, ambiciosos, bla, bla, oportunidades verdes, bla, bla, crecimiento verde: bla, bla, bla”.

Sabemos también qué tenemos que hacer. En síntesis: desarrollar al máximo la producción de coches eléctricos y la generación solar y eólica; en los países todavía dependientes de térmicas de carbón, sustituirlas por gas natural; invertir en las redes de hidrógeno, los parques de baterías y el almacenamiento de dióxido de carbono, que son las soluciones últimas necesarias para descarbonizar la energía en dos décadas. Acelerar la financiación a todas esas soluciones, adaptando la ruta al éxito industrial de cada una. La tarea es ingente: queremos vivir sin el fuego que permitió a la especie humana extenderse por todos los continentes, sin el carbón que genera la electricidad constante más barata, sin el petróleo que mueve los bienes que necesitamos.

Entendidos el problema y las soluciones, deberíamos estar hablando ya, solo, de cómo pagarlo. Pero esa cuestión directa, sobre esfuerzos, trabajo y elecciones sociales, está ausente. Predomina el discurso de que la utopía verde, que frenará el apocalipsis climático, nos espera a la vuelta de la esquina. En este Occidente que se considera el ombligo del planeta, al parecer, la moda es vender que todo lo solucionaremos con tecnología, invirtiendo para que sea barata, y con políticas justas, por supuesto, asumiendo nuestra responsabilidad. “Bla, bla, bla”, Greta dixit.

Los que estamos en medio del camino de la existencia hemos vivido durante 20 años cómo se reducía el debate público al eslogan “todo es economía” (lo que acabó en la crisis financiera y la desigualdad… aunque “estúpido” se llamaba al que lo dudase), y posteriormente a que “todo es tecnología” (lo que nos ha llevado a unos grados de desinformación y frivolidad espeluznantes… aunque “analógico” se llama al que lo dude). Hemos derivado en una afasia moral y una dificultad endémica para hablar de lo que nos pasa como sociedades, como países, o, incluso, como planeta. Lleva décadas imponiéndose una visión anglosajona según la cual los países se asemejan a empresas que 'compiten' en la globalización, y los conflictos internacionales se asumen inherentes a la geopolítica. El discurso se ha adaptado a incluir la crisis climática: innovadores, científicos y activistas nos guiarán hacia la salvación. Todo eso conforma un relato simple, pero efectivo, sobre el mundo.

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La realidad es otra. Necesitamos ingenieros, operarios, economistas, empresarios, políticos sin ínfulas que acuerden las leyes necesarias. Medios y periodistas a través de los que informarnos e implicarnos. Hablar entre generaciones sobre algo más que redes sociales y vídeos divertidos. Necesitamos líderes que defiendan y logren la cooperación necesaria. Comprender que los países estamos más unidos de lo que pensamos, más allá de esa desgraciada visión de la lucha competitiva por la existencia: todas las grandes regiones industriales dependen de materias primas, maquinaria o mercados de otras. La producción mundial no habría alcanzado las cotas del siglo XXI sin un comercio internacional extraordinariamente coordinado. Occidente depende de Asia umbilicalmente; el próximo plan quinquenal de China está siendo considerado el documento más importante de la historia de la energía.

Los próximos cinco años serán, de hecho, los decisivos para que nuestros hijos y nietos vivan sin preguntarse: cómo no hicieron nada. El miedo, la ansiedad o la agresividad tienen mucho que ver con no saber, con ignorar, alinearse en la rabia, reaccionar para existir. La vida que queremos compartir con nuestros hijos es una vida de saber y hacer. De saber para hacer. De entendernos para hacer. De hacer para ser.