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Nocturnidad y alevosía

Si hay una hora boba es la medianoche del domingo, un tiempo de descuento en el que lo que empieza difícilmente puede acabar bien

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Florentino Pérez, en una rueda de prensa.

Florentino Pérez, en una rueda de prensa. / Reuters

Acostumbrados a las grandes retransmisiones de las victorias futbolísticas, se esperaba que la presentación de la Superliga se acompañara de cañones de confeti, juegos de luces, vídeos de las mejores jugadas, imágenes de estadios pletóricos a vista de dron. Público enfervorizado extendiendo bufandas con sus colores vitales cuya euforia se fundiera con los acordes de una banda sonora de envergadura. Música épica que sincronizara su ritmo a la expectación del momento provocando una emoción creciente propia de hitos históricos. Y todo en torno a una gran pantalla reflejando los rostros ufanos de 12 hombres sin piedad, osados, retadores, pletóricos, ricos y valientes que en breves intervenciones anunciaran coordinadamente la buena nueva: el nacimiento de la estrella que salvará al futbol, le guiará hacia una nueva dimensión, anulará sus deudas, creará el mayor espectáculo sobre césped nunca visto y llevará felicidad al mundo entero. De repente, una serie de primeros planos de otros tantos balones lanzados por pies intuidos acompasarían su elipsis ralentizada con un ascenso de la cámara hasta hacer coincidir cada cara radiante de los multimillonarios lanzadores con el impacto de los esféricos contra las redes.

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Así funciona la imaginación. Respondiendo a estímulos anteriores fruto de conmovedoras creaciones capaces de convertir la fantasía en realidad. Hemos visto las suficientes como para seguir sus cauces hasta alcanzar el clímax que incita a levitar manteniendo la boca abierta. Pero la vida te da sorpresas. Y en pocas horas lo que debía ser el gran esplendor se convirtió en oscuro objeto del deseo.

Todo empezó con nocturnidad y alevosía. Al contrario de como debiera. Si hay una hora boba es la medianoche del domingo. Ese trance que va del fin del descanso semanal a la toma de conciencia de que el retorno a la cotidianidad espera al pitido del despertador. Y ahí está. Impertérrito, marcando el compás de los segundos, centelleante, enseñando cómo se escapa la vida. Ese fue el triste instante elegido para comunicar el lanzamiento. En el fragor de un tiempo de descuento en el que lo que empieza difícilmente puede acabar bien.

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Y así fue como a Florentino Pérez Rodríguez (Madrid, 8 de marzo de 1947) empezó a llegarle la decepción. Mientras dormía, las réplicas al terremoto que había puesto en marcha semejaban las sacudidas mediterráneas provocadas por la plataforma Castor. Al despertar, ya tenía en la mesilla de noche las negativas de un jefe de Estado y un primer ministro y no eran por contratos de su empresa ACS. El desayuno se le fue atragantando entre amenazas de Liga, federaciones, UEFA y FIFA. El mundo del futbol saltó de la sorpresa al cabreo entre sorbo de café y mordisco de tostada. A mediodía los ataques de las aficiones ya eran personales. Y de nuevo la medianoche. En televisión y defendiendo lo que ya no tenía remedio. Altivo y desafiante mantuvo el reto que a las pocas horas pasaría al desahucio porque sus socios le dejaron solo ante el peligro. Y se aparcó  un proyecto sostenido con lógica empresarial pero desconocimiento social.

El Mr. Pérez de la prensa británica llora hoy su desconsuelo sobre el hombro de Laporta. El único que le queda y a quien susurra el bolero: “Soy como un contrato que se archiva. Una noche de debut y despedida”.