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Florentino y los narcisos de la Superliga

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Los doce máximos dirigentes de los clubs que impulsaron la Superliga.

Los doce máximos dirigentes de los clubs que impulsaron la Superliga. / AFP

El pecado más universal es el de la vanidad. Todos anidamos un narciso en nuestro interior. Es también la tara más perdonable. Puesto que estamos condenados a soportarnos cada uno a sí mismo durante toda la vida sin descansar un segundo, enamorarse del yo es un modo práctico de hacer más llevadera esta cruz gigantesca. O eso o los psicotrópicos, que proporcionan a uno vacaciones de sí mismo aunque con el riesgo de tener que hacer frente a una tremenda factura con vencimiento a la vista y pago al contado, como reciente hemos visto con Miguel Bosé.

La Superliga ha sido una borrachera de arrogancia y engreimiento de una docena de superbeodos del fútbol europeo. Hace ya tiempo que los estadios son el templo de los mercaderes. Ni la UEFA ni la FIFA han hecho voto de pobreza ni andan por el mundo vistiendo hábitos raídos. Por Dios, ¡si hasta le han dado un mundial a Catar! Y todos imaginamos perfectísimamente a cambio de qué.

Un barco pirata

Pero una cosa es asumir que los dirigentes actuales del fútbol continental y mundial no son más que la tripulación de un barco pirata y otra de muy diferente que a cualquier decisión que los contravenga deba atribuírsele la presunción de bondad. Y ahí es donde se han equivocado Florentino Pérez, Andrea Agnelli, Joan Laporta y los demás presidentes de los hasta 12 clubs que se embarcaron en el experimento fallido de la Superliga.

Vanidosos y soberbios concluyeron que el fútbol les pertenece y que el proceso de selección natural del más fuerte había otorgado a los escudos de sus equipos el rango de especie vencedora. Apártense los monos y demás criaturas, que aquí llegan los humanos encabezados por Pérez y Agnelli para hacer del fútbol un plato de Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como.

A la greña

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Tienen estos equipos razones para andar a la greña con las federaciones, las ligas de sus países y demás organismos que viven de ordeñarles las ubres sin descanso. Es también normal que anden preocupados por la ruina que los amenaza por haber fichado, traspasado y asignado salarios como si fueran los depositarios del tesoro de Montezuma. Pero de ahí a cargarse el fundamento del fútbol, que consiste en que un gigante pueda perder contra una pandilla de desarrapados media un abismo. La Superliga cerrada que proponían era un club de pijos. Un volver a la prehistoria, cuando la pelota era propiedad de la aristocracia británica hasta que los obreros del norte se la quitaron de los pies con las patadas del hambre.

El fútbol de élite es un negocio y no hay que confundir la respuesta conservadora que ha desatado el anuncio de la Superliga entre buena parte de los aficionados con la bisoñez idiota del romanticismo utópico. Pero sí ha sido un hasta ahí podíamos llegar. Sabemos que el escudo y los colores son una franquicia y que los clubes ya no son nuestros. Pero queremos creer que aunque no pusimos pegas a vendernos el cuerpo somos aún los titulares del alma. Florentino Pérez y su pandilla de narcisos han venido a recordarnos que no es así. Y llevan razón. Solo que mientras sea posible nos gustaría disimularlo. En ese disimular está todo el capital de vanidad del aficionado. Que también tiene la suya. Solo faltaría.