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Mads Mikkelsen, en un fotograma de ’Otra ronda’.

Mads Mikkelsen, en un fotograma de ’Otra ronda’.

En 'Druk', que aquí se ha traducido como 'Otra ronda', cuatro amigos deciden poner en práctica la teoría científica de un psiquiatra noruego, Finn Skårderud, según la cual nacemos con un déficit de alcohol en la sangre que, después de tomar un par de copas, se regulariza y nos permite ser más atrevidos, más auténticos. De hecho, el tal Skårderud (que a estas alturas ya debe ser el psiquiatra más famoso de Europa del Norte) no sustenta la teoría en ningún estudio académico, sino en la percepción íntima que «después de la segunda copa, todo encaja». 

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Defiende que la identidad procura definir unos límites y que el alcohol los disuelve y, en consecuencia, tanto puede destruir relaciones como fortalecerlas. Esto no se lo ha inventado él, muchos lo han dicho antes. Baudelaire, por ejemplo, que nos animaba hacia la ebriedad para luchar contra la muerte y contra la desazón de vivir. Todavía no he descubierto los límites que 'Druk' nos propone. Esperaré que estrenen 'Last call', la historia de la suicida, consciente borrachera de Dylan Thomas, el poeta excelso que murió en Nueva York después de beber sin parar dieciocho whiskys. «Creo que es mi récord», tuvo tiempo de balbucear.