Redes sociales

El verdadero problema de Twitter

El tránsito imparable de la edad democrática a la edad caótica comenzó mucho antes de la aparición de esta red social

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Twitter.

Twitter. / Archivo

Giambattista Vico fue tal vez el primero en observar que los seres humanos anónimos y comunes, no los reyes, no los poderosos, son los autores reales de la obra colectiva que llamamos historia. Las sociedades evolucionan de tal manera que los resultados no encajan con las intenciones. No hay pues relación causa-efecto sino unas etapas, las que el sabio napolitano describió, que se cumplen siempre.

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En la polémica actual sobre Twitter, muchos han reprobado, o aplaudido, que esta plataforma rompe el monopolio de la información, democratiza la opinión e iguala así los mensajes de los indocumentados a los que se emiten con conocimiento de causa y argumentario contrastable. De similar manera, Twitter cuartea el monopolio de los medios tradicionales de comunicación y concede la palabra a quien quiera expresarse en público. Ello es cierto, tanto si gusta como si no, pero cambia menos cosas de las que muchos piensan. ¿Dónde está el problema? Unos lo ven en los insultos, otros en las ‘fake’, los de más allá en la incitación al odio o la violencia. Pues bien, son cosas que han existido siempre. Con toda probabilidad y gracias a internet un ciudadano dispone de muchos más medios para conocer los hechos que en cualquier época anterior, en la que los rumores se difundían sin posibilidad de discernimiento. Pero puede no ser para bien.

El resultado en términos de poder y sumisión es el mismo de siempre. El poder no es permanente. La servidumbre tampoco. El resultado de las tensiones, impredecible. De hecho, lo único que Twitter ha contribuido a cambiar pero igualmente cambiaría según las leyes de Vico, es la desaparición de los referentes, la anulación de todo tipo de jerarquía, el no reconocimiento del mérito, el desprestigio sistemático de los instalados. De modo que el verdadero problema de Twitter no es de Twitter, porque todo ello, el tránsito imparable de la edad democrática a la edad caótica, comenzó mucho antes, como denunciaba, claro que sin éxito, Harold Bloom, el más brillante de los seguidores modernos de Vico.