Editorial

Terremoto en el fútbol europeo

En el básquet acabó siendo posible hacer compatible una competición que primase el espectáculo con las ligas nacionales. Pero las pasiones no son las mismas

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El Periódico

Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA, en su comparecencia.

Aleksander Ceferin, el presidente de la UEFA, en su comparecencia. / Richard Juilliart / Afp

El anuncio de la creación de una liga europea de fútbol, impulsada por los 12 clubes fundadores de la sociedad European Super League Company, ha supuesto un auténtico terremoto deportivo que está afectando a los cimientos del fútbol y que recibe, a partes iguales, encendidos elogios y agrias críticas. Este es un proyecto que ya venía gestándose desde hace tiempo y que se ha acelerado en parte por la repercusión negativa del impacto de la pandemia del covid-19 en el mundo del deporte profesional.

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Se trata, en esencia, de una organización privada que nace al margen de las federaciones internacionales y que busca sacar el máximo partido económico de una nueva competición gestionada por dichas entidades, entre las cuales sobresalen el Barça, el Real Madrid, la Juve o el Manchester City y el United, al estilo de las grandes ligas profesionales norteamericanas como la NBA. Es decir, una competición de númerus clausus, aunque en este caso con un pequeño margen de participación rotatoria de equipos externos al club de fundadores, pero con la garantía que los grandes que la impulsan siempre estarán ahí, durante toda la temporada, sin tener que enfrentarse a rivales menores y con un notable margen de mejora en los ingresos que hasta ahora administraba la UEFA a través de la Champions League. Los números avalan el proyecto: una inversión inicial del J.P Morgan Chase de 6.000 millones de dólares (3.000 de entrada), con ganancias estimadas de 4.000 por temporada y con una inyección inicial de 250 a cada club, circunstancia que es clave para entender la operación. El deseo de liberarse de la obsoleta y nada ejemplar estructura institucional del fútbol, en manos de FIFA y UEFA, también.

Están por ver los detalles y los mecanismos que regirán esta aventura deportiva y empresarial, pero es, sin lugar a dudas, un paso adelante decisivo para equiparar este deporte con los que generan un mayor volumen de negocio a nivel internacional y para satisfacer los deseos de muchos aficionados que quieren ver a sus clubes compitiendo al más alto nivel durante todo el año.

No se han hecho esperar las críticas furibundas, especialmente de la UEFA, de los clubes que no intervienen en el proyecto y de las ligas profesionales de los países implicados, pero también de gobiernos como los de España, el Reino Unido y Francia. El presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, ha calificado la propuesta de «vergonzosa, un escupitajo en la cara» y otras voces han proferido insultos de alto calibre. En cualquier caso, estamos hablando de una operación ambiciosa que no puede compararse directamente con la NBA (con una historia de más de siete décadas) pero sí con la Euroliga de baloncesto. En el primer momento, la FIBA reaccionó con amenazas similares a las que profieren ahora FIFA y UEFA (sanciones, expulsión de clubes, prohibiciones a los jugadores), pero 20 años después la liga europea se ha impuesto con normalidad, coexistiendo con las ligas de cada país. Está por ver qué ocurre en el fútbol. El poderío económicos de los patrocinadores de la idea (pero también la implantación social de los agraviados por ser excluidos) no tienen comparación con los intereses que se movieron en su día en el mundo del básquet. No han ninguna duda de que el proyecto asegura un espectáculo deportivo de primera. Pero ni espectáculo ni negocio bastan para asegurar la conexión con el público en un deporte tan cargado de pasiones.