Segundo pinchazo

Han vacunado a mi madre

Crónica de un acompañante a vacunación en el CAP de la avenida de Borbó, en Barcelona

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Un sanitario, con una vacuna contra el covid

Un sanitario, con una vacuna contra el covid / Ferran Nadeu

CAP de la avenida de Borbó, Barcelona. En la calle guardan cola unas 30 personas; mejor allí que no el interior, porque corre el aire y aunque sopla viento no hace frío. La edad media de las personas supera los 70. Algunos –casi todos– llevan acompañante: cuidadoras, hijas, amigos, familiares, etc… 

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El improvisado cuartel de campaña se ha instalado en el interior: una gran tienda de cámping donde veo lo que se puede apreciar en la fotografía: tiqui-tacas, andadores, sillas de ruedas, alguna ortopedia, bastones… elementos físicos inventados por seres humanos que sustituyen a carencias que padecen los seres humanos. 

No hay papeles en el suelo. El tono es bajo, sin llegar al tono del hermoso silencio de una calle en Varsovia. El ritmo de vacunación es rápido y las esperas no son eternas. El personal médico va de cara a barraca: profesionalidad y mucha mano izquierda para tratar con máximo cuidado y respeto a personas que con sus décadas suman manías, preguntan bastante y a las que tenemos mucho que agradecer. 

Una persona con un mono de color verde con una acreditación que ignoro qué pone, pero algo pondrá que le permitirá estar allí, asoma la cabeza: “¿Maria Cruz Abad?” Es mi madre. Me agarra del brazo y nos dirigimos al box número 3. La primera inyección fue hace 3 semanas: ideal. Como secuelas, un tímido dolor de cabeza, que se suma al que tiene habitualmente, pero nada más.

Sospecho que todos los brazos que reciben la vacuna son flácidos, como el de mi madre, que en mayo DM cumplirá 91 años, y dejan entrever secuelas de muchos años de esfuerzo, como cuando lo normal era lavar la ropa a dos brazos con el tocho del jabón Lagarto en una mano mientras cantaban zarzuela. Ahora ya nadie canta en el lavadero de casa; ni siquiera acompaña la lavadora mientras hace su trabajo. 

Las hermanas de mi madre –mis tías claro, las tres viudas– Encarnita (89) y Angelines (88) ya han recibido ambas dosis. Las tres, como mucha gente de su época, tienen todavía marcada una doble redonda de una vacuna puesta hace algunas décadas, que vete a saber para qué serviría. 

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El pinchazo es un momento. Pom. Y ya está: “Espérese un cuarto de ahora ahí fuera por si se marea y si no hay problema ya puede marcharse, señora”, dice la auxiliar. En esa sala de espera se agrupan momentos pre y pos vacuna y no hay ni gritos, ni protestas, ni lamentos, ni descontentos; todo lo contrario: todos asumen la vacuna como algo necesario y se agarran a la vida para seguir sumando semanas, meses, años… 

Le pregunto a una ATS por qué el rechazo a un tipo de vacuna en comunidades como Madrid llega al 70%. “Eso os lo tenéis que preguntar vosotros, que sois quienes comunicáis las cosas”, me dice muy amablemente. Ya me ha caído la primera hostia del día. Gratis, además, aunque quizá tenga razón. Comunicar y vivir. Ganas de vivir. La vida sigue.