Tablero catalán

Colau sin Twitter y Aragonès con Almax

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Pere Aragonès.

Pere Aragonès. / Toni Albir

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se ha despedido de Twitter indefinidamente porque aspira a hacer buena política y la red social del pajarito se ha convertido en la cueva de los eructos. En el testamento en el que explica su abdicación temporal, Colau explica que le agrada que le lleven la contraria porque la política es diálogo y debate. Pero que en Twitter ya predominan los perfiles anónimos que solo insultan e incitan al odio y las cuentas falsas automatizadas de la extrema derecha que impiden que la conversación política tenga un carácter constructivo. Todo lo que dice la alcaldesa, y mucho más, es verdad. A Colau solo le ha faltado poner deberes y recomendar como lectura obligatoria el libro AntiSocial, La Libertad de expresión en Internet de Andrew Marantz (Capitán Swing, 2021) que, aunque escrito para el público estadounidense, dibuja un panorámica exportable sobre cómo andan las cosas por la red de degradadas desde hace ya un buen tiempo.

Dado que la presencia en las redes sociales para lo que sea que uno esté -hacer política, proselitismo de lo que uno escribe, fanfarronear sobre lo listo u ocurrente que se es o colgar fotos haciendo morritos- es una cuestión voluntaria, solo cabe decir hola al que llega y adiós al que se va. Pero tratándose de la alcaldesa de Barcelona, y dado que su arrebato franciscano ha tenido gran repercusión, conviene añadir un par de cosas que se le han pasado por alto a la dignataria municipal. La primera, que el problema que ella detecta no es un patrimonio exclusivo de la extrema derecha. La que viene conociéndose como cultura de la cancelación, promover la muerte civil, profesional o política del disidente en un amplio catálogo de asuntos en los que no se tolera la más mínima discrepancia, es una aportación al debate digital promovida desde la izquierda. La segunda es más personal y tiene que ver con la trayectoria política de la propia alcaldesa que, aunque ahora defienda posiciones de tanta racionalidad y está bien que así sea, promovía en sus días de activista los escraches y articuló una primera campaña, la que le sirvió para derrotar a Xavier Trias en 2015, en torno a la difamación de su contrincante.

Esto nos recuerda que sólo faltan dos años para las elecciones municipales. ¿Solo? Pues sí, solo. Y su efecto empieza a hacerse notar en el tablero político. Por ejemplo, en la partida de póker entre ERC y JxCAT para lograr un acuerdo para formar gobierno, este es un asunto que no se trata en las reuniones entre ellos pero que está muy presente en las cocinas de ambos partidos. Si estuviéramos en el Reino Unido y pudiesen cruzarse apuestas políticas, la sola variable de las elecciones municipales a dos años vista decantaría a los ludópatas a apostarlo todo a que el pacto se cerrará aunque sea sobre la campana. De hecho es uno de los argumentos principales en JxCAT para no dar crédito a las palabras de su secretario general, Jordi Sánchez, sobre investir a Pere Aragonès pero quedándose en la oposición. ¿De verdad vamos a renunciar a la posibilidad de hacer política en los municipios aprovechando el presupuesto de la Generalitat y los galones de conseller/a, Secretario/a, director/a? Ni en sueños. Un partido tiene en la implantación territorial su examen principal. Y las elecciones municipales son la prueba del algodón de esa prueba. Y actuando con el presupuesto de la Generalitat es más fácil hacer listas, encontrar candidatos y por último votantes.

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Tras la cortina de humo

Eso nos lleva a una segunda cuestión. Aunque ERC y JxCat insistan una y otra vez en que no han hablado del reparto de poder y presupuesto, no hay duda de que tras la cortina de humo del Consell per la República y otras menudencias estéticas que distraen a los feligreses más motivados -y sirven a los junteros para que se pierda el tiempo, que en su estrategia es ganado- hay toda una batalla que solventar sobre este asunto. Hay carteras con presupuestos de inversión y competencias que sirven para hacer política municipal, visitar pueblos y hacerse fotos con los alcaldes y otras que sirven para tener problemas. Negociando sobre la campana, JxCat aspira a ganar posiciones y resarcirse de lo que viven como un error propio que ahora toca rectificar: la convicción que en la negociación tras las elecciones de 2017 se rindieron con armas y bagajes a los de Oriol Junqueras entregando a su partido los departamentos más apetecibles del Govern. La canción que suena en los altavoces de JxCat es que a lo mejor si no hay Gobierno acaba siendo por culpa de la CUP. Traducido al román paladino quiere decir que ellos van a dar el sí, pero sin prisa alguna y dando tiempo a Pere Aragonès para que se acostumbre al sabor y textura de las bolsitas de Almax que ayudan a digerir los trágalas de la negociación. Pero en ERC son conscientes que JxCat solo puede escoger entre ellos o la puerta. Así que tampoco tiene por qué precipitarse jugando sus cartas. El primero que se mueve pierde.