Anécdota del 'expresident'

El Zar Amarillo, héroe desde jovencito

Siguiendo a Puigdemont en Twitter he comprendido que mi juicio sobre él era precipitado, erróneo e injusto

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Carles Puigdemont, en rueda de prensa en el Parlamento Europeo.

Carles Puigdemont, en rueda de prensa en el Parlamento Europeo. / AFP / JOHN THYS

Como tanta gente, de hecho como toda, yo también tenía al Vivales Puigdemont por un cobarde. Eso de montar una revolución y al primer bofetón huir sin mirar atrás, no tiene precedentes. Fontanarrosa tiene un cuento sobre un boxeador a quien llamaban 'Terremoto' Vega, aunque no porque causara estragos en los rivales sino porque temblaba cada vez que subía al cuadrilátero. Si el 1-O pasa a la historia, será por los temblores de 5,7 en la escala Richter que se dejaban sentir en todos los pueblos por los que pasaba el coche que llevaba escondido al Vivales en dirección a quién sabe dónde, pero lejos de Catalunya y de la Guardia Civil. Tal es la imagen que ha legado. Ahora bien, siguiéndolo en Twitter -su única función como presidente de la 'republiqueta' virtual es escribir en esta red- he comprendido que mi juicio sobre él era precipitado, erróneo e injusto. Este hombre está hecho de la pasta de los héroes, y no solo porque comparta techo con el pianista Comín.

El relato del Vivales en Twitter era escalofriante por su crudeza, al tiempo que evidenciaba de dónde surgió el coraje de este líder carismático. No sería casual que lo escribiera el día de Ramos, cuando se conmemora que Jesús fue recibido entre aclamaciones, como espera él serlo un día. Sin considerar que podía leerlo gente sensible, narró de forma descarnada su sufrimiento. Les transcribo aquí un fragmento, y mientras lo hago, me van a tener que perdonar, no puedo evitar emocionarme. La localidad, Amer. El lugar, el obrador de la pastelería Puigdemont. El protagonista, un héroe:

«El día que la hidroeléctrica escogía para hacer mantenimiento, dejaba sin electricidad a toda nuestra zona. Yo ya sabía lo que me esperaba. No sé si habéis montado nunca nata a mano. Hablo de decenas y decenas de litros al cabo de la jornada. Me convertía en una batidora humana, y montaba nata sin cesar para que mi padre y mi hermano mayor no detuvieran el ritmo de relleno de roscones.»

Nótese que la hidroeléctrica, a buen seguro que de capital español, se estropeaba adrede para que el pequeño Puigdemont tuviera que hacer nata a mano. ¡A mano, han leído bien! Y nótese también que, aunque sabía lo que le esperaba, aguardaba a pie firme su destino, sin huir en coche hasta más allá de la frontera, sin decirles a su padre y a su hermano que el lunes todos en el despacho y adiós, aquí os quedáis, 'pringaos'. Él no era así. Todavía no.

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¿No es inhumano? Es normal que en el corazón de aquel chico, perdón, de aquella batidora humana, creciera la semilla revolucionaria. ¿Cómo va a tener miedo a nada quien se enfrenta a litros de nata con la sola fuerza de su mano? En el Parlamento Europeo, conocedores de su cruel historia, lo conocen como el Minipímer, allí son modernos. Él, orgulloso, les devuelve el saludo haciendo con la mano el gesto de batir nata, cosa que ha provocado algún equívoco entre las eurodiputadas más sensibles.

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Dentro de poco, las biografías de los grandes hombres de la historia destacarán al joven Gandhi encarándose desarmado a los británicos, al pequeño Luther King rebelándose contra la discriminación, y al futuro Zar Amarillo montando nata a mano. El triunvirato de los hombres que han creado un mundo más justo.

Y que haya todavía quien le tacha de cobarde, de gallina y de capitán de la sardina. Si este hombre no está hecho de la pasta de los héroes, como mínimo debe de estarlo de la pasta de los cruasanes y los brazos de gitano, que no es poca cosa.