Programa polémico

Un amigo como Évole

El mayor valor de la entrevista con Miguel Bosé es la mirada simpática del periodista hacia el que, de acuerdo con la dictadura del 'tuitariado', solo debe ser tocado con la burla y el desprecio

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Jordi Évole y Miguel Bosé en la nueva entrega de ’Lo de Évole’.

Jordi Évole y Miguel Bosé en la nueva entrega de ’Lo de Évole’. / ATRESMEDIA TELEVISIÓN

Sospecho que vi un programa distinto al que vieron otros. Me refiero a lo de Bosé, es decir, a lo de Évole. He dejado pasar unos días para escribir sin pillarme los dedos. He vuelto a la entrevista un par de veces, por confirmar. Según parece, aquello fue un masaje a un negacionista, el comienzo de una peligrosa dispersión de pestilencias contrainformativas, el endiosamiento de un imbécil llevado a cabo por otro, un dechado de todo lo que no debe ser el periodismo y, ¡lo peor!, el anticipo un segundo capítulo que hará descender la confianza -ya mermada- de la ciudadanía en las vacunas. 

Ya digo, creo que vi otro programa. Y posiblemente el problema (la ceguera) lo tenga yo. Por cuestiones de estricta formación literaria, me sabe a poco el periodismo de buenos y malos redondos, y me agobian esas entrevistas reducidas a un combate maniqueo entre el bien, representado siempre por el periodista comisarial, y el mal condensado en su invitado. Me gusta que el entrevistado se explaye aunque me caiga mal, y considero los interrogatorios de la Stasi un método mejorable para desentrañar una personalidad. Prefería aquella costumbre de Jesús Quintero de sacar en su programa a criminales, maltratadores y yonquis, y establecer con ellos conversaciones sin tono fiscal, y que el espectador sacara sus propias conclusiones. Después de todo, para condenar a un desconocido a base de brochazos ya tenemos los hilos de Twitter. 

Mientras Bosé contaba sus penas y sus alegrías, mientras hablaba de sus adicciones, de sus padres, de su infancia, etcétera, yo recordaba 'Eso que tú me das', el documental donde Évole visita a Donés, que está a las puertas de la muerte. Vi una relación entre los dos trabajos, puesto que son dos encuentros con amigos del periodista que se enfrentan a la idea de que todos hemos de morir, cada cual a su manera. Uno la recibe con los brazos abiertos y pena por irse; otro la rehúye negándose a creer en su emisario, un virus que nos acribilla. Dos puntos de equilibrio, el del hombre sano (¿Bosé o Donés?) y el hombre enfermo (¿Donés o Bosé?). La muerte es difícil para todo el mundo.

Minuto a minuto me parecía ver en Bosé a un hombre que renegaba de su propia mortalidad y utilizaba la negación del virus para adornar su miedo con un disfraz de excentricidad

El plato fuerte se emitirá este domingo en un intento de separar al hombre sensible y humano que cuenta su vida (Miguel) del loco negacionista que hace análisis disparatados (Bosé), pero ya en un momento del primer capítulo se da un intercambio como este: “-¿Llevas mascarilla? -No, -¿Abrazas a la gente? -Abrazo a la gente, -¿Te vas a vacunar? -No.” Podría parecer que Bosé vive sin protegerse pero pasa, creo, justo lo contrario. Se protege, no del virus, sino de su evidencia. Evita el contacto con la idea del virus con una mascarilla mental, porque la amenaza de la muerte lo aterroriza. También es una cosa contagiosa, que conste. De hecho en otro momento del programa hablaba de su reacción de horror cuando su padre lo llevó a una cacería y lo obligó a ver cómo mataban a "un Bambi". En otro, de cómo afronta su vejez y la pérdida de su voz, de su ambición de volver a cantar, de su creencia en que podrá volver a hacerlo cuando acaben las restricciones. Minuto a minuto me parecía ver un hombre que renegaba de su propia mortalidad y utilizaba la negación del virus para adornar su miedo con un disfraz de excentricidad. 

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De cualquier forma, la opinión de Bosé ha matado su reputación, y lo ha convertido a él en un personaje radiactivo. Ante una figura como esta, los amigos suelen huir despavoridos, porque los visillos digitales no te perdonan las malas compañías. La mala reputación  de uno contagia a la de otros, de modo que si te dejas ver con amigos demasiado fachas, o demasiado indepes, o demasiado progres irás contagiándote de esos atributos ante la mirada inquisitorial del personal. En este sentido, no faltaban los que dijeron que Évole había cometido el pecado de ser blando y blanqueador con un peligroso negador de la verdad científica. Pero resulta que, antes de la entrevista, el entrevistador le decía a un taxista que iba a visitar a un amigo.¡El amigo del enemigo del pueblo! Ahí está para mí el mayor valor de esta entrevista. La mirada simpática sobre el que, de acuerdo con la dictadura del 'tuitariado', solo debe ser tocado con la burla y el desprecio. La amistad como valor que sobrevive a una reputación tóxica.