Una nueva realidad

El dilema del vídeo

Habitamos un mundo que necesita pruebas y las quiere en imágenes, porque en algún momento dejó de servir lo que valió por milenios: la palabra

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Los hermanos rescatados en la frontera de EEUU con México.

Los hermanos rescatados en la frontera de EEUU con México. / EFE

Habrán visto las imágenes del niño que, solo y sin amparo, buscó el auxilio de un policía que patrullaba la frontera de Estados Unidos. Hacía semanas que esa realidad andaba en los medios de comunicación y se conocía que miles de personas estaban en una situación semejante, en la misma soledad y el mismo desamparo. Pero fueron los pocos segundos del vídeo los que conmovieron, como si todas las palabras que se hubiesen escrito antes, capaces de describir el detalle más pequeño, cupieran en una escena breve y sin nada, que sólo tenía la angustia de un niño: “Tengo miedo”, decía él. Así se remueven ahora las conciencias, a golpe de vídeos virales hechos como de papel, para que prendan en una llamarada intensa, contagiosa, de la que al poco apenas quedan los restos.

Es nuestra ceremonia mejor: nos muestran un vídeo que enseña lo que ya sabíamos y entonces, sorprendidos, compartimos una indignación colectiva. Más aún, la tuiteamos, porque, a falta de otras, esa es la capacidad de articulación social más engrasada de nuestras opiniones públicas: crear etiquetas. Si en el futuro han de venir revoluciones, vendrán precedidas de hastags. Si han de venir revueltas, vendrán porque haya imágenes previas.

Al fin, cuando el vídeo haya ardido y se haya consumido -la clave es que tenga 'clicks', que tenga muchos 'clicks'-, nos llegará otro vídeo que desmienta nuestras indiferencias, pero que habrá de ser sobre otra realidad, no la misma. La misma, aunque ahí siga, estará muy vista. Sucedió con la guerra de Siria: el primer bombardeo sobre niños nos espantó; el segundo nos cansó, que todo tenía un límite.

No lo lean como un juicio, sino como descripción: sin vídeos, nadie nos habría expuesto de esa manera la realidad que persiste en las fronteras de la primera potencia mundial. Sin vídeo, ese mismo país no hubiera asistido al movimiento del Black Lives Matter, porque fueron las imágenes las que demostraron el abuso del policía que detuvo a George Floyd y las que repicaron su grito de "No puedo respirar". ¿Qué otras realidades hemos decidido ignorar hasta que un vídeo nos obligue a mirarlas por un instante? Habitamos un mundo que necesita pruebas y las quiere en imágenes, porque en algún momento dejó de servir lo que valió por milenios: la palabra.

En cualquier situación de emergencia o ante cualquier abuso, las manos se van al móvil, aunque no quieran, para ponerse a grabar

Hasta el momento, en cualquier situación de emergencia o ante cualquier abuso, el instinto llevaba a las manos y a los brazos a lanzarse a salvar a quienes estuvieran en riesgo. De pronto, algo ha revuelto la evolución y las manos se van al móvil, aunque no quieran, para ponerse a grabar. En las galerías de los teléfonos o en las redes se guarda y comparte nuestra intimidad y, a la vez, nuestros mejores testimonios, que se graban por emoción o por morbo, pero también por otra razón que puede convertirse hasta en genética: como mecanismo de defensa, porque hemos dejado de confiar en nosotros o en nuestros relatos; porque, ahora que nos creemos tantas de las cosas que no vemos, resulta que necesitamos ver para poder creer.

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Y así, una víctima que no pueda grabar corre el riesgo de convertirse en víctima doblemente. Se observa en los juicios o en las tomas de posición del público y eso, que dice tanto de la sociedad que construimos, nos aboca a un mundo de desconfianzas y recelos que necesite grabarlo todo y todo el tiempo para sentirse seguro. O para poder denunciar. Esas sociedades, otros las habían imaginado antes. George Orwell, por ejemplo, la evocó con precisión en '1984'. Y aquella historia ya sabemos cómo terminaba.