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Detalle de la pintura panorámica ’El sitio de Sebastopol’, de Franz Roubaud.

Detalle de la pintura panorámica ’El sitio de Sebastopol’, de Franz Roubaud.

Lo que comenzó como una nueva entrega de la escalada de tensiones entre Rusia y Ucrania por el control del Donbás, se está convirtiendo en una potencial crisis internacional desde que Estados Unidos ha enviado barcos de guerra al Mar Negro. Al conocerse la noticia, el Gobierno ruso ya ha recomendado a los norteamericanos que no se acerquen a la península de Crimea.

No sería la primera vez que es escenario de una guerra internacional porque sigue siendo un punto geoestratégico importante. Una de las razones del conflicto actual es el paso de un gasoducto desde Rusia hasta Europa sin cruzar Ucrania, cosa que no gusta a EEUU porque debilita a su aliado en la zona.

En el siglo XIX las potencias enfrentadas contra Rusia eran Francia y el Reino Unido, y el motivo de las disputas eran las rutas de paso del comercio internacional de cereales, algodón, lana y carbón. Los rusos querían expandirse hacia el sur y dominar la costa del Mar Negro a expensas del Imperio Otomano. La chispa que hizo saltar el polvorín fue que el zar Nicolás I declaró a Rusia protectora de los cristianos ortodoxos que vivían en tierras turcas y, puesto que los otomanos no quisieron firmar un acuerdo autorizando la intervención rusa en su territorio si los cristianos corrían peligro, el zar invadió Valaquia y Moldavia, que eran territorios otomanos. En consecuencia el sultán declaró la guerra al zar.

El 28 de marzo de 1853 comenzó la Guerra de Crimea. Al primer enfrentamiento la marina turca cayó derrotada en el Mar Negro. Entonces el Reino Unido, Francia y el Reino de Cerdeña se alinearon con los otomanos porque no querían que Rusia se hiciera con el dominio total de la región.

Alistados en la Legión Extranjera

España, a pesar de las presiones internacionales, se declaró neutral. Sin embargo envió una comisión de observadores militares encabezada por el general reusense Joan Prim. Una de las cosas que sorprendió a la legación española fue encontrarse casi un millar de veteranos carlistas en las filas de la Legión Extranjera Francesa. Se trataba de combatientes que se habían exiliado en tierras galas y que, ante la precaria situación en que se encontraban, habían decidido aceptar la oferta de alistarse voluntariamente.

Según las crónicas, participaron en las principales batallas de la Guerra de Crimea. Combatieron en el río Alma y en el sitio de Sebastopol. Esta ciudad portuaria rusa, entre octubre de 1854 y septiembre de 1855, resistió los embates de las tropas inglesas y francesas hasta que capituló en la batalla de Malakoff. En ese enfrentamiento, donde también hubo participación de los carlistas, los soldados lucharon cuerpo a cuerpo avanzando a bayonetazos.

El final de aquellos 11 meses de asedio forzó el cese de las hostilidades de unos ejércitos muy diezmados tanto por las bajas como por las durísimas condiciones climatológicas de la zona. Se calcula que entre los dos bandos enfrentados en aquella guerra murieron unas 700.000 personas.

Aparte de las muertes en el frente, el conflicto también provocó movimientos de refugiados de cientos de miles de personas. Algunas fuentes afirman que un millón de musulmanes de las zonas del Cáucaso abandonaron su casa perseguidos por las tropas rusas buscando refugio en territorio turco. Hay historiadores que hablan de un verdadero proceso de expulsión basado en la limpieza étnica.

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El final de la Guerra de Crimea se rubricó con el Tratado de París de 1856, que entró en vigor el 16 de abril. Se acordó que el Mar Negro sería un territorio neutral donde no podría haber barcos de guerra ni fortificaciones militares en sus costas. Los otomanos recuperaron Moldavia y Valaquia, aunque se les concedió autonomía política. Por su parte, los rusos renunciaron a proteger los cristianos del Imperio Otomano y perdieron territorios en la desembocadura del Danubio. En definitiva, vieron frustradas sus aspiraciones de convertirse en la potencia de una región que, a pesar del paso de los siglos, sigue siendo uno de los espacios del planeta donde se escenifica el juego de fuerzas entre los grandes países de cada época.

La primera enfermera

Fue en la Guerra de Crimea donde la británica Florence Nightingale empezó a poner las bases de la enfermería moderna. En 1854 lideró un grupo de 38 voluntarias que viajaron a Turquía para cuidar de los heridos. Su profesionalidad fue clave para poner en valor esa tarea, que a partir de entonces se consideró esencial en cualquier conflicto.