Las purgas

El padrecito de Waterloo

Ser eternamente improductivo demanda esfuerzos ímprobos, aunque el premio lo vale: uno se convierte en víctima, que es la máxima condecoración catalana

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Carles Puigdemont, en 2019.

Carles Puigdemont, en 2019. / AFP

El único futuro para los que, como Cuevillas, se apartan del camino del lacismo, es la purga, no en sentido intestinal sino político. Los cargos de JuntsxPurgar o como se llame, viven permanentemente con el miedo en el cuerpo. Igual que los miembros del politburó en tiempos de Stalin, cuando un lacista es llamado a Waterloo, nunca sabe si es para recibir una caricia en el lomo y compartir unos mejillones con el padrecito, o para ser mandado a un gulag, que sabido es que para un lacista no hay peor gulag que perder el cargo y tener que buscar trabajo. Dependerá únicamente de con qué humor se haya levantado el Vivales o Zar Amarillo.

Parece mentira que un tío con estudios como Cuevillas dijera que no quiere ser inhabilitado por una majadería, cuando todo el programa de JuntsxFum o como se llame, se reduce a ser inhabilitados por majaderías. Si no comparte el único punto del programa, es lógico que sea expulsado, no solo de la mesa del Parlament, debería serlo del propio Parlament, del partido y de Catalunya, donde no tienen cabida los que no están dispuestos a majaderías baldías. Miren lo rápido que lo aprendió Presidentorra, quien tras ser el hazmerreír de Catalunya vive ahora a cuerpo de rey gracias sus a majaderías, y es entrevistado como si fuera un estadista.

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El programa de JuntsxLlàgrimes o como se llame es desobedecer, para acto seguido, inhabilitación mediante, llorar a moco tendido, España nos oprime y etcétera. Ejercer de llorica es una loable aspiración. Podría pensarse que es un programa político triste y simple, y triste quizás lo sea, ahí están las lágrimas que lo confirman, pero de simple nada, requiere mucho trabajo no llevar nunca a cabo, ni de casualidad, nada que sirva a los ciudadanos. Gente menos preparada realizaría sin querer alguna acción práctica, ay, se me escapó un decreto en favor de los catalanes. Ellos, jamás. Ser eternamente improductivo demanda esfuerzos ímprobos, aunque el premio lo vale: uno se convierte en víctima, que es la máxima condecoración catalana, una Cruz de Lenin lacista. La impone el padrecito de Waterloo en persona, si aquel día se ha levantado de buenas. Si no, gulag como Cuevillas.

Asegura Douglas Murray que la víctima no siempre tiene razón, no siempre tiene que caernos bien, no siempre merece elogio y, de hecho, no siempre es víctima. A saber si se refiere a Rociíto o al padrecito de Waterloo, probablemente a ambos.