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La Europa de las vacunas, en el diván

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Una enfermera vacuna con AstraZeneca en el centro de atención primaria Casernes.

Una enfermera vacuna con AstraZeneca en el centro de atención primaria Casernes. / Alejandro Garcia (EFE)

La peste negra -una pandemia que mató a mediados del siglo XIV a más de 25 millones de personas en Europa, un tercio de su población- fue un factor clave que potenció los Estados frente a los señores feudales, creando las bases del Renacimiento. Se hundió la economía basada en los siervos de la gleba; desparecieron negocios y pueblos, hubo revueltas y hambre, pero brotó otra moderna basada en el comercio y en una mano de obra asalariada que alumbró una Europa fuerte y dominante hasta 1950.

Aún no sabemos qué Europa y qué mundo tendremos después del coronavirus. Habrá cambios políticos, sociales y tecnológicos, también desempleo y disturbios. ¿Y después? ¿Pasaremos de un capitalismo sin sentimientos e ineficaz en la producción y reparto de vacunas a una especie de socialdemocracia ecológica, como sugiere Thomas Piketty?

La UE ya vivía antes de la llegada del covid una fuerte crisis de identidad. Acaba de ejecutarse el Brexit. Había sensación de pérdida de norte. La UE nunca terminó de digerir la entrada en bloque de diez países, ocho de ellos excomunistas en 2004. El objetivo era impedir una vuelta a la Europa de los bloques y los muros. Fue un doble éxito estratégico de EEUU: le hurtó a Rusia su colchón psicológico, y dejó a la UE, su competidor, varada en una compleja absorción.

Un gran fiasco

La crisis de las vacunas, cuya compra y distribución está centralizada en la Comisión Europea, ha resultado ser un fiasco de grandes proporciones que amenaza la credibilidad de la Unión. El sálvese quien pueda con un ojo puesto en Moscú es la mala señal porque la vacuna Sputnik V aún no pasado los controles europeos. No lo ha hecho porque Rusia no permite el acceso a los laboratorios. Hay cansancio, nervios, encuestas y elecciones a la vista en Alemania.

Mientras que el 58% de los británicos y el 38% de los estadounidenses han recibido su primera dosis, la UE supera con dificultades el 15%. No es solo un asunto de salud. Lo que está en juego es la economía, el ritmo y la profundidad de la recuperación.

El presidente Joe Biden se ha lanzado a políticas expansivas de gasto. Anunció una renovación en su anticuada red de infraestructuras, algo que Obama no logró. El objetivo es competir con China en el mundo pospandémico que se avecina. Las previsiones apuntan a que la economía de EEUU saldrá con una producción superior a un 6% respecto a 2019, según datos recogidos por The Economist. La UE estará por detrás de EEUU y China.

Chulería machista

El incidente sufrido por la presidenta de la Comisión Europea con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, no es baladí. En una reunión bilateral para hablar de los derechos de la mujer en Turquía, fue relegada a un sofá alejado de Erdogan y del belga Charles Michel, exprimer ministro belga y actual presidente del Consejo de Europa, un cargo por debajo del de Von der Leyen. Fue una chulería machista, una prueba de que no corren buenos tiempos políticos para la UE.

Si de la peste negra, unida a otros factores, brotó una organización política y un despertar artístico, de esta pandemia podría nacer una UE más unida y eficaz. No deja de ser una organización construida a golpe de crisis. Nació en la segunda postguerra mundial. De cada situación presuntamente terminal ha salido fortalecida. Aunque este juego permanente de la gallina es una costumbre peligrosa, sobre todo ahora que con la retirada de Angela Merkel no hay líderes con visión de futuro.

Por mal que lo haya hecho la Comisión Europea en la crisis de las vacunas, y lo ha hecho muy mal, la UE sigue siendo un invento político extraordinario que ha mejorado la vida a millones de europeos. Un continente que ha sido escenario de todas las guerras posibles, entre ellas dos mundiales, lleva en paz desde 1945 salvo las excepciones periféricas de Yugoslavia y Ucrania.

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Está claro que Europa no produce lo que necesita, que está envejecida y concentrada en sus ciudades. Necesita repensarse como una entidad fuerte, no una suma de voces discrepantes con euros en el bolsillo. Es un continente que necesita millones de emigrantes para sostener su estado del bienestar. El miedo al otro es un arma en manos de las extremas derechas sin otro discurso que el odio.

Cambiarán muchas cosas. Tal vez la barra libre del capitalismo sea una de ellas. La idea de una tasa internacional para las grandes empresas que no pagan impuestos puede ser el comienzo de una larga amistad, como en Casablanca. La advertencia de Nouriel Roubini es rotunda: "La encrucijada de Europa es unión e integración o desunión y desintegración".