Espacios a proteger

El misterio de las tiendas de discos

Me enganché severamente a las catedrales de plástico negro y portadas multicolores como vitrales en la más tierna infancia

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Un cliente mira discos en Barcelona City Records, este viernes.

Un cliente mira discos en Barcelona City Records, este viernes. / Ferran Sendra

Puedo decir con gran solemnidad y sin faltar a verdad alguna que yo pisé una tienda de discos antes de pisar una tienda de discos por primera vez. Puede parecer un misterio como el de la Inmaculada Concepción, aunque yo, a menudo, lo veo más de otra forma: como el caramelo trucado con sustancias que te dan para pillarte en la puerta del colegio, como una suerte de alcoholismo fetal, porque me enganché severamente a las catedrales de plástico negro y portadas multicolores como vitrales en la más tierna infancia.

La historia, en realidad, es sencilla: mi padre era el profesor de Tercero de EGB de los hijos de una familia, en mi humilde opinión, mucho más importante que la de los Güell, los López y López o los Vidal-Quadras. Estamos hablando, nada menos, que de los Castelló. Su forma de agradecer a mi progenitor sus servicios como maestro era regalarnos discos de su tienda de la calle de Tallers cada Navidad y verano. Así que yo podía pedir a distancia, casi como en internet ahora. La primera vez no fue del todo bien: reclamé la banda sonora de 'Dragones y Mazmorras' y recibí, ahí intervino mi padre, un grandes éxitos de Luis Cobos. Pero la cosa mejoró en las siguientes entregas. 

Luego fui insistentemente a Tallers en la adolescencia, a entrar en esa y en otras tiendas. Y hoy, a los 40 tacos, "en la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida", que decía el Dante, lo uso como excusa cuando compro demasiados discos. En Revolver, por ejemplo, tienen el detalle de regalarte una bolsa de tela con el logotipo de la Colt 45 si compras "demasiados" (las comillas son mías, quiero pensar que nunca son demasiados: ¡son una inversión!) discos. Así que cuando estoy en caja y veo a Lluís o a otro dependiente coger la bolsa de regalo pienso: "Mierda. Demasiados". Y luego: "Demasiados". Y luego: "¡Pero no tengo la culpa! ¡Me engancharon de pequeño!". Saliendo de Tallers para tomar Sitges miro la pistola encañonándome desde el círculo rojo y levanto las manos: "¡No es lo que parece!". A continuación ya rasco las etiquetas de los precios de camino al Castells para no tener cargo de conciencia. Como en 'Rebeldes': "Me miento todo el rato pero no logro engañarme".

Soy, en definitiva, de los que lo primero que miran cuando se van (iban) de viaje es si hay tiendas de discos en el lugar de destino y cuando regresa alguien pregunto si ha encontrado mandanga. De los que de camino a la Esfinge de Guiza preguntarían al guía si en esa pirámide venden vinilo (me han dicho que en la tumba del faraón tienen 'discatis' ricos, como en la trastienda de Beltza), de los que se perderían por el bosque de bambú de Arashima para buscar esa tienda de indie noventero, de los que en las Cataratas de Iguazú buscarían rock argentino de los setenta. Recuerdo Berlín por la Da Capo de la Avenida de las Castañas y Dusseldorf no por el vampiro, sino por el vampiro de aquella tienda donde vendían elepés de los Dentists. Hay personas que se tranquilizan sabiendo que siempre hay un McDonalds (¡le Big Mac!) o un Starbucks en cada ciudad del mundo. No soy de una de esas personas. Yo lo hago entrando en cualquier tienda de discos del planeta, porque tengo la teoría de que todas las tiendas de discos son la misma tienda de discos y de que están conectadas por pasadizos oscuros y estribillos luminosos. 

Sin embargo, precisamente cuando viajas, valoras lo que tienes en tu ciudad. Y me acuerdo y tengo fotos del ayer. De Wah Wah, donde compré, en mi postadolescencia y después de mucho rondarlo y ahorrar, ese disco carísimo para mí (10.000 pesetas) para que justo dos semanas después lo reeditaran a dos duros (el 'Piknik Caleidoscópico' de Los Negativos), a Daily, donde pedía a Jordi singles a la carta, como si fueran pinchos de un vasco (Northern Soul con bongos, y te lo pinchaba), pasando por tantas otras como esa tienda de aparatos electrónicos que vende buenos discos de rumba de la calle de Urgell o esa trastienda de un 'japo' donde compré parte de su colección a un tipo mientras fileteaba sashimi (la primera pregunta de cortesía a quien se vende todo es: "¿Estás bien?"; este, además, tenía un cuchillo tarantiniano en la mano). O la pionera, Surcos, con cuyo hijo viví año y medio en un piso compartido.

Una tienda de discos es el lugar donde hablar apasionadamente de lo que en teoría no tiene importancia y donde rebajársela a lo que verdaderamente es letal. "Ellos pueden poner todo su corazón en eso, por muy tonto que le parezca eso al resto del mundo", escribe Michael Chabon en 'Telegraph Avenue', que va precisamente de eso, de las tiendas de discos como comunidad y familia de adopción. Es el lugar donde uno puede preguntar al aire si son mejores los Beat ingleses o los americanos y que no lo tomen por loco, sino, incluso, que aparezca otra cabeza por encima de la cubeta de bandas sonoras, como en un musical o una opereta, para soltar: "Déjame que te conteste con una pregunta: ¿son mejores los Boys ingleses o los americanos?". El lugar, como en la película 'Empire Records', donde siempre hay la misma parroquia: "Él es el jefe. Yo soy el idiota. Tú eres la que está jodida para siempre. Todos somos losers". El lugar de las yemas negras como huellas dactilares, de los ojos como pelotas de pimpón. El lugar mágico donde la gente empezará a decir que sí (arriba y abajo la barbilla) o que no (izquierda y derecha) en cuanto suenen los Ramones. Donde siempre hay un bombo, un bombo que es un latido, porque una ciudad sin tiendas de discos es una ciudad sin corazón. El lugar donde siempre suena una canción. O casi siempre.

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El día del atentado de la Rambla escuché a la dependienta de Revolver dar declaraciones en una gran emisora. Mucha gente se había refugiado en la tienda. Al cabo de un rato habían repartido vasos de agua, habían apagado la música y habían encendido las noticias. En las tiendas de discos se cierran los diarios y se abren los tebeos y no al revés. Las noticias de hoy ya serán las películas (o las canciones) del mañana. Pensé que quizás era la primera vez en toda la historia en que no sonaba un redoble de batería o un riff de guitarra. Me pareció una injerencia imperdonable, como que la policía entre en la Universidad o un payaso de McDonalds en una Iglesia. Por eso en mi última novela el protagonista se refugia del atentado, precisamente, en esa tienda, en Revolver. No contento con ello, además se encuentra al protagonista de mi anterior novela, a Fidel. Y podría haber acabado metiendo ahí, a salvo, a toda la gente que me importa. Un Arca de Noé de la gente que nos importa. Un búnker para aislar de lo malo a los que valen la pena.

De niño, pisé estas tiendas antes de pisarlas y ahora voy con mi hijo de tres años. Como él piensa que todos los discos del mundo son míos, suele ir pinzándolos sin remordimiento y pasándomelos o cambiándolos de sitio como hace en casa. Para él, las librerías son "tiendas de tuentos" (de cuentos) y las tiendas de discos, son la "tienda del papa". "Todos son míos… ¡o lo serán!", le doy la razón, en un susurro de Golum y con los ojos desorbitados, y añado con la flema de un Lord inglés: "¡Todo esto será tuyo!". Por cierto, si suenan los Ramones él es de los que hacen que no con la cabeza. Yo lo miro, escucho, y hago que sí. Es un buen sitio en el mundo, un buen refugio, que sí. Que sí que sí que sí.